Aforismos
Por Álvaro Riquelme
Nobleza. Dicen por ahí que la sangre noble rehuye desde siempre las alegrías alcohólicas del pueblo, aún a pesar de estar entre medio. Se manifiesta con timidez, o con un aislamiento crónico que arranca al niño, al adolescente o al joven de sangre noble del anecdotario histriónico y falto de sentido. Generalmente es desviada esa nobleza hacia la cultura, hacia los libros, la ciencia o a veces también hacia la religión, a mayor o menor edad dependiendo de cuándo el muchacho diga: “no puedo ser como ellos” (por más que lo intente) o “no quiero ser como ellos” o “no me dejan ser como ellos” (que en realidad es un "no me dejo ser como ellos"). Cuando el chico deriva hacia el mundo intelectual de ideas y palabras nuevas ha conservado intacta su nobleza, pura, sin mancha. Porque también hay timidez de capataces, timideces insurrectas y avinagradas que han declarado la guerra para siempre: esos han perdido su nobleza y se han convertido en pueblo, son tiranillos. Hay nobleza que se deja picar por el arte, no una sino miles de veces, por la música, por las drogas, por el llamado de la tierra que como un fantasma lo invita a recorrer los bosques y los mares, que refuerza la sangre noble y lo lleva ella misma a las tierras religiosas mediante embrujos y coincidencias. Camino peligroso entre plantas y pastillas tentadoras. Pero así como hay sangre noble, casi siempre educada e idólatra, defensora del arte y de la ciencia tanto como despreciadora del vulgo, muy unida en su labor, hay también sangre real, igual de errante entre las risas, medianamente combativa, que permanece un tanto terca entre los hombres y parece resistirse al llamado natural que lo invita, como a la nobleza, a dejar un tiempo a los hombres y a avanzar silencioso en la naturaleza y la cultura: se resiste y se deja atraer lentamente, pero al mismo tiempo mira hacia el cielo; el cielo también lo llama, su propio rey. Sube, sube, sube le dice, no mires abajo ni a los lados ni a los hombres ni a sus obras, sube, sube hasta el sol que ya habrá tiempo para la tierra. Fecunda a la reina pequeño zángano!

Ojos. Hay unos ojos que me esquivaban como si los míos fueran dos soles de mediodía. Como un matiz nuevo del poder en los ojos de algunos superhéroes de la historia. Superman emitía calor con sus ojos; yo, el loco Riquelme, parecía detener con mi mirada a los hombres y las máquinas. Los doctores me dijeron que estuve alucinando, algo que el establishment entiende como no real, y como no había tomado ninguna droga, a la alucinación le sumaban la palabrita enfermedad (esquizofrenia). Menos mal que a mí los doctores desde ese entonces me parecieron hombres diminutos e insignificantes. Ellos nunca estuvieron en ese mundo de Poder Puro, cuando el cuerpo se enciende e ilumina, cuando el cuerpo es incansable; lastima que para ese Gran momento en mi vida, mi pasión, mi metamorfosis, mi cambio de piel, no haya tenido la mente sana y fuerte que tengo ahora, porque si no habría conservado ese supercuerpo mucho más tiempo. Y bueno, en ese supercuerpo había un super ojo, que hacía pestañar de dolor a quienes me miraban.
¿Cómo no inlcuir entonces esta cara del diamante ojo en mi filosofía del ojo?
Independientemente de lo que diga la ciencia a propósito del ojo, yo añado que tenemos dos ojos porque uno es para ver afuera y el otro para ver adentro. Claro, porque algún buen rico filántropo puede un día enseñarte a abrir el ojo interior. Yo no te voy a enseñar el "cómo" aquí, en esta página, pero si te puedo contar qué se percibe cuando uno empieza a abrir el ojo interior. Digo abrir voluntariamente el ojo, porque la mayoría de los animales y los humanos abre efectivamente el ojo interior varias veces durante la noche, cuando sueña. En los sueños vemos, tenemos ojos, recordamos perfectamente paisajes, rostros, objetos, como si los hubiésemos visto ayer. Pues bien, cuando se abre voluntariamente el ojo interior, se está casi casi consciente; sentado a lo buda, o recostado como durmiente, llegan imágenes, primero como fotos únicas, luego como secuencias, y uno está a dos segundos de las fotos, pues se despierta enseguida.
¿Que de qué sirve? Es simplemente un placer inmensamente más sano que el del opio. Se está (casi) en otro mundo, con plenas sensaciones: viento, agua, sed, placer sexual, violencia, vergüenza. Se está en otro mundo (casi) consciente. No por ser un buen placer de solitarios amantes del oxígeno, el disfrute del ojo interior carece de utilidad, pues en los sueños se cosechan símbolos universales. Este ojo es una fuenta de verdad, de certeza. Nos da herramientas para comprender, para posesionarnos mejor de nuestra realidad, de nuestro reinado en todo rincón de nuestra esfera perceptible.
¿Qué diremos del ojo exterior? Todos lo conocemos, o casi todos. No tengo evidencia de si algunos ciegos habrán abierto o abren regularmente su ojo interior, voluntariamente. De lo que tenemos certeza es que los ciegos nunca abrieron, o cerraron su ojo exterior para siempre. El ojo exterior tiene necesidad de descanso, se nos cierra con las horas, quizás quiera mirar para adentro.
El ojo interior emula la noche, el cielo nocturno. Cuando nos acostamos a dormir, y practicamos con paciencia la visualización "interior", nos llegan chispazos: son estrellas, pequeños sueñitos, fugaces, porque se apagan en seguida, duran poquito y hay que cerrar los ojos nuevamente para pescar un nuevo lucero. Cuando soñamos, o cuando tenemos la capacidad de permanecer con el ojo interior abierto y la mente lúcida, entonces la luz es más intensa y vemos con más claridad y duración, es la luna que ilumina nuestro interior, la luna simboliza el sueño, pero no es lo único que simboliza. Y así como las estrellas y las lunas son guías para el marinero, así las pequeñas y medianas llamas oníricas son guías para el aprendiz de brujo o el semidios... El sol, el día despierto con el ojo exterior abierto, la claridad, la continuidad, la intensidad. Si medimos la cantidad de formas, el ojo interior resulta una tortuga si la ponemos al lado del ojo exterior, capaz de ver 2 o tres fotos por segundo durante minutos y hasta horas. Esto no lo hace mejor que el ojo interior, pues éste último puede adentrarse en un mundo de significados. Los gatos lo ven todo, pero ¿alguien sabe si tienen más de diez significados en su espíritu los gatos? ¿Saben algo de la ebullición del agua, de las formas negras que aparecen en un libro? Y si embargo ven con su ojo exterior, a decir de los estudiosos del ojo de gato, mejor que nuestro ojo exterior. Esta es una ley: mejor es un poco de muchos que muchos de un poco. Siempre será mejor pensar poco y espaciado, que mucho y sin silencios.
¿Y el tercer ojo? Yo le llamo ojo interior, siempre preferí el dos al tres.
¿Y el ojo iluminado de la punta de la pirámide? Signo de una élite que ha aprendido a mirar con nuevos ojos. Más aún, que ha encendido su ojo hasta convertirlo en sol. Misteriosos, la prensa nada dice, la sociedad nada dice, no se sabe de su existencia. Ojo de luz, ¿a cuantos emperadores americanos, a cuantos reyezuelos africanos no se les podía mirar?
La combinación "ojo interior" puede resultar repugnante para gente que por alguna razón detesta toda suerte de poderes divinos. Yo mismo fui uno de ellos, no quería tomar ese camino, precisamente el camino del ojo interior, que no es el único que conduce hacia la sabiduría. Quizás les repugne instintivamente, no poque lo hallen falso (como ellos mismos defienden) sino porque quieren probar otro camino o no quieren complicarse la vida.
Estas son cosas imprescindibles para una filosofía del ojo. No menos imprescindible es también la ciencia material del ojo, sus deficiencias, su funcionamiento celular, sus bastones, policromías, etc. Pero más importante me resulta el ojo interior, el resto ya vendrá o lo pueden encontrar con facilidad en cualquier enciclopedia...

Pensamiento. Pienso porque quiero razones, como leyes. Pienso la sal y el magma, la mujer y la musa, le busco la cola, la quinta pata al gato. Ingenuo si confías que sólo pensando las vas a encontrar; si quieres sus razones tienes que vivirlas, te tienes que convertir en magma y en musa, en sal y mujer, y entonces pensar, en esos precisos preciosos momentos, escuchar esa luz que te susurra que has visto una musa, que justo ahora, que el magma y la sal, que repitámoslo! Allí la autoridad, lo vitalmente imperioso: vivir el magma en el momento justo, confirmar el magma, repetir el magma. Pienso las cosas para volver a encontrarlas, hago de la vida un gran juego. ¿De dónde surge el pensamiento? Ingenuo si te crees sólo pensamiento; ¿no es acaso un instante como una burbuja, como un insecto, como una gota de luz? Eres juez, eres oreja, receptáculo, dueño del enjambre, hombre. Pensamiento es el alma, intuición es el alma, deseo es el alma, el hombre solo es juez, el hombre manda, gobierna, ejecuta, lo que propone el alma parlamentaria.
Debe ser que es más fácil ponerse a pensar las cosas que no pensarlas, que no pensar ninguna cosa, ni desear ninguna cosa, ni pensar, ni hablar. Cuando se logra pensar una sola cosa a fondo, se pensarán siempre muchísimas cosas; ¿se lograrán el silencio y el alma en una mente así? Y cuando por fin sabemos el silencio, el no pensamiento, ¿lograremos pensar alguna cosa? Cuento viejo de silenciosos que habrá que repetir siempre: mientras menos cosas se piensen, mejores cosas se piensan, tanto, que si no se piensa ninguna aparece el pensamiento mayor y mejor, un segundo antes del alma. Qué horrible pensar! Qué melancolía!, dicen muchos, es mejor decir las cosas, o hacerlas. Esos no saben lo que es pensamiento, y menos aún lo que es el no pensamiento. El buen pensamiento es como una encima (suena sexy) que logra los mismos resultados que la inercia pero en un tiempo inmensamente menor.

Razón. No siempre se tiene la posibilidad de hallar las razones y los símbolos en los ecos y reflejos que nos ofrece la vida, ni siempre la vida pareciera ofrecérnoslos. Me gustaría creer que si no es la vida quien nos ofrece el movimiento de las cosas para que le hallemos las razones respectivas (razón práctica), las mismas podrán provenir de los sueños (que son fuente de raciocinio), o quizás también de aquella vida artificial que llamamos cultura. Cuando hablo de hallar razones en realidad debería decir validarlas, o comprobarlas, aunque el mismo término razón incluya estos aspectos. Gran parte de las razones nacen en realidad a partir de hipótesis, provenientes ya de la observación de un fenómeno, o bien del pensamiento que recuerda fenómenos. El raciocinio es una validación y múltiple comprobación de una hipótesis. La razón práctica es una actividad de justificación, e incluso de vaticinio, de la presencia de un símbolo o conjunto de símbolos determinados, fenoménicos o materiales. Me atrevo a señalar el carácter hispano de la etimología de la palabra razón como un avanzar en agudeza desde el genero, la especie, la familia hacia la más completa determinación y clasificación de cualquier existencia, su raza. Pensar es avanzar hacia las razones; razonar, ya se ha dicho, no se busca sino que se explica o vaticina.

Río. No sé si habrá que obedecer siempre a la vida, que dicen es muy buena consejera, o si habrá que decidir a veces y decirle no, esta vez no; es la ley del río, que no trata de dinamitar un muro si es que no la dejan avanzar: va por donde la tierra le dice que vaya; y si no hay por donde avanzar se van juntando la fuerza con mucha paciencia, se gana altura nuevamente, y se sigue avanzando. Digo, ¿hay que obedecer siempre a la ley del río? El hombre trata de avanzar, en lo que sea, pero a veces le aparecen trabas, impedimentos, problemas ¿Hay que seguir ese rumbo fijo, hay que querer avanzar por la fuerza? Porque es distinto que la vida te aconseje rotundamente que no, a que te coloque pequeñas trabas que mejoren tu rumbo. Por eso, si creemos en la ley del río, hay que insistir un poco, y si no se puede, hay que doblar; tan simple como eso. ¿Y si se fuerza y se fuerza y se fuerza? Eso es meter ruido en la música, desarmonía hasta la inarmonía, y el ruido jamás dura mucho en la tierra. (Patrañas! El río hace ruido, el mar hace ruido!) Justamente, hace ruido cuando hay piedras, obstáculos, cuando se queja, si no, es perfecto como la música. (Cuando se empieza siempre hay ruidos y obstáculos que vencer, y saltos, y caídas!). El río que fuerza las cosas llega muy pronto al mar, quiere llegar en línea recta; ¿pero sabes lo que quiere el mar con sus olas? Volver a la tierra, volver al camino. Por eso los ríos sabios, amantes del silencio, de la música y de la vida, demoran su camino al mar, se doblan y avanzan lentos, anchos, esperando formar algún día un gran lago que los contenga. Sabio es detenerse en el camino, frenar (traducidlo al griego), tanto como reír último. Sócrates era un experto en tal artimaña.

Ser. Más allá de su apariencia fija (o mutable solo con el paso de los años), el hombre puede ser muchas cosas; es en realidad la actividad o el padecimiento lo que determina el ser, es decir, el estar (o estado) es fuente del ser: el sexo, la raza, la edad, la forma y la historia de los seres son un reflejo del estar. Y así como no siempre el hombre tiene o repite una sola actividad, el ser de un hombre o de una mujer puede tener muchas variantes, puede ser diverso. Para determinar su ser es una vez más la pureza la virtud indispensable para determinar lo que somos hoy: la pureza de la actividad. Si siempre somos muchas cosas (o mejor, si hacemos muchas cosas, muchos casos, muchos tipos) en un mismo día (por ejemplo: un cocinero, un lector, un deportista, un cuerpo dormido, un lector vacuno, otro equino, un escritor felino... cito las que me son más familiares) se nos hará muy difícil saber el ser que somos durante ese lapso: es necesaria la recurrencia, la repetición del mismo tipo de actividad para encontrar su reflejo, el agua quieta, la curiosa repetición del mismo ser, que si somos observadores no solo sabremos notar sino también comprender, hacerlo nuestro, integrarlo a nuestra memoria y a nuestra conciencia. Esto es, tenemos que purificar nuestros actos para comenzar a comprender lo que somos. Y hablo de pureza y no de constancia, porque la constancia puede ser diversa. Podremos también comprender los cambios y el sentido de los cambios en nuestras vidas. Podremos también entender el dolor o la alegría de los cambios según dónde se sitúe la voluntad de cambio. Tengo que ser un hombre todos los días para comprender el masculino hombre; tengo que ser una mujer todo el día para comprender a la mujer; tengo que ser un alma todo el día para comprender el alma.
Y claro, yo también me habría tomado de los pelos si alguien me dice que para comprender a la mujer hay que ser una mujer. ¡Qué significa eso? ¿Tengo que vestirme de mujer? ¿Tengo que mear sentado? Siempre estamos rodeados de lo que somos, uno y otro son más idénticos mientras más cerca están, mientras más tiempo permanecen juntos. Que no son iguales, uno y otro, pero si lo mismo (para contrafrasear al buen cantor): mi ismo. La primera gran barrera contra la posibilidad de inteligencia y raciocinio (que no es lo mismo ni es igual) es la apariencia, la fijación mental en el cuerpo, en el famosísimo y todavía levemente tabú: “yo soy mi cuerpo y nada más que mi cuerpo”, en vez del mejorado “yo estoy en mi cuerpo”.
Escrito por Álvaro
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