Filosofía del Sexo
Si lo que quiero es dar placer creciente e intenso debo primero explorar ese placer en mí. Sospecho que toda la gana y todo el esfuerzo del hombre por hacer gozar a su pareja es en si un intento por acrecentar su propio placer. Pero esa gana y ese esfuerzo no son más que una tibia exploración que no suele llegar muy lejos y que más bien cae en los finales, por lo general. Otra parte de la población se toma el disfrute sexual como un reto que le pone ante uno la vida, otro reto más y también, un reto de los importantes.
La sexualidad de los hombres es un caminante muy cargado en un principio, pesado, pero que se aligera marcando su avanzar con hitos. El mismo avanzar se repite en las mujeres pero bastante más allá, cuando reciben la posta. Sus hitos son hitos de placer, no de duración. El buen gozador querrá siempre alcanzarla, y más, yo diría también, sobrepasarla, dejarla rendida en el camino. No faltará quien piense que el tesoro del explorador (que nunca explora sin sospecha), es el orgasmo de su pareja; otro, inconforme, querrá superarlos y encontrar el tesoro en la simultaneidad de la inundación del placer, la unión perfecta en el milagro del orgasmo: quizás quede completamente prendido y enamorado con la joyita de la unión y diga satisfecho: he superado el sexo. Pero todavía queda el semidios, que conociendo la unión y avanzando por los femeninos caminos del placer, allí donde el Zeus soberbio le arroja rayos a una Afrodita casi paralizada, querrá esa misma acumulación de cada acto que las mujeres experimentadas conocen bien, en varios actos.
Eso en cuanto al sexo con la mujer. Porque todavía podemos explorar el sexo con LAS mujeres, que es otro impulso poderoso que nos jode y nos jode durante la vida a los hombres. Claro, porque no basta con haber aprendido a darle placer a una mujer y a nosotros mismos, ese instinto dominante en nuestra adolescencia fue dominado durante nuestra juventud. No basta. Aparece esa otra pulsión itinerante de querer conquistar más y más mujeres, con el secreto afán de apoderarnos de la esencia de la conquista amorosa, con la directriz subcutánea de aprender a saberse don Juan en cualquier momento.
Esta última victoria es un punto paralelo al camino sexual del adolescente, pero en el camino sexual de la edad juvenil. Es una lucha y un reto cuyas pulsiones mentales son igual de intensas, pero nuestra mente más crecida y madura sosiega esas pulsiones de mejor forma.
La sexualidad es un reto tan importante como el reto del dinero o el reto de la muerte. Si no la superas, el pensamiento del fracaso rondará en las orejas del hombre o de la mujer como una mosca metálica con aguijón impregnado en jaquecas. Y por otro lado si se la supera se avanza un poco más ligero.
Una filosofía de la sexualidad que no contenga ejercicios prácticos pero que cite grandes nombres con mayúsculas no es una filosofía sino sólo un pedazo de filosofía.
La cosa práctica, el sol del cielo. Al adolescente primerizo, al principiante en los caminos de la vagina, hay que decirle que es normal que se precipite en los precipicios a la primera curva. Sobretodo porque su cuerpo de goma se para inmediatamente mirando el camino y queriendo volver. A esos pichones yo les quisiera decir que miren la sexualidad de verdad como un camino, con curvas, precipicios, pero también autopistas y caminos rurales, secundarios, temblorosos. ¿Qué se hace con las curvas pichón? Evidente, se reduce la velocidad. ¿Y qué pasa con las curvas cerradísimas y en bajada? Más freno, y en casos apurados, ¡freno de mano! ¿Y si la curva termina en precipicio? Detenerse completamente.
¿Cuál es el apuro pichón? ¿Te da vergüenza descansar en el camino? Te retiras y le dices: esperate tantito vieja, estoy amaestrando al muñeco. Y listo.
Hay otros que se creen experimentados y colocan todas sus fichas en el segundo intento, pero así se van acostumbrando a perder siempre a la primera vuelta, desperdiciando ese torrente de placer intenso que podría haber sido simultáneo.
Otros más, ponen su secreto en el alcohol, o en la cocaína. Con tres copas o un jale se convierten en supermachos. Y así se van acostumbrando, y si quedan sin su viagra la "cosa" no funciona bien, o definitivamente no enciende.
Si tenemos la posibilidad de no depender de algún agente exógeno, ¡no dependamos!
Otro primerizo se queja, dice: si claro, bla, bla, bla, pero no tengo la posibilidad de practicar. Pobre pichón, yo lo quiero ayudar, y qué mejor lugar que una filosofía de la sexualidad para ello. Un aguilucho te quiere prestar un ala: cuando tienes la oportunidad de decirle algo a una mujer que tienes al lado, debes pensar que en ese mismísimo precioso momento estás también en la cama con ella. Si le hablas del tiempo, no habrás entrado en ella, si le hablas del colegio, no habrás entrado en ella, pero si le dices me gustas, así, a secas, habrás metido la puntita, y quizás te pida más. Si le declaras tu enamoramiento, habrás metido la pata. Pichón, todo el placer está en los intentos. Si nunca has hablado con ella, si nadie te la ha presentado, acércate como un caradura, sonríele, y háblale un poco.
Eso no garantiza que con ella te vaya bien, es más, te puedes ganar un soberano desprecio. Ese desprecio es el que no te tiene que importar, toda la esencia de la conquista se encuentra encerrada en ese desprecio. Y te puedo prestar un ala, pero no las dos.
De paso respondimos a la inquietud del caminante juvenil, nivel intermedio.
Escrito por Álvaro
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