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Una explosión de semillas en las húmedas praderas de tu mente



 

 

La vida en los bosques Templados

Los caribúes, bien alimentados y con sus reservas llenas, deben viajar más de mil kilómetros hacia el sur para alcanzar los bosques septentrionales; durante el camino por la tundra canadiense va viendo como la vegetación aumenta en altura pero al mismo tiempo como empeora el tiempo; el sol todavía derrite la nieve caída, pero esto congela los suelos y hace imposible que el caribú escarbe para alimentarse. Por eso debe llegar a los bosques, porque allí la vegetación caída es más abundante y la nieve ya no se derrite.

Bosque TempladoLos bosques septentrionales son la extensión arborícola más grande del globo: en total suman 10.000 Km. de longitud y en algunas partes de más de 2000 Km. de ancho. Recorre América del Norte de costa a costa, y luego sigue extendiéndose por toda Siberia y Escandinavia. En dichas latitudes la cantidad de luz mejora sustancialmente con respecto a las condiciones del polo, el verano se prolonga un poco más, tienen asegurados por lo menos 30 días de luz apropiada y temperatura por sobre los 10°C, requisitos indispensables para que un árbol pueda desarrollarse; y sin embargo la diferencia con el polo es un verano a penas un poco más largo, porque el invierno es a veces más frío que en el polo, las temperaturas en los bosques suelen bajar hasta los 40° bajo cero y la nieve cubre los bosques la mitad del año. Tanto frío ocasiona condiciones muy secas en el ambiente. La vegetación y sobretodo los árboles deben luchar entonces no solo contra la congelación de su savia sino también contra la deshidratación; uno de los campeones en resistir la deshidratación y el frío, conservando sus “hojas”, son los pinos; sus hojas en forma de aguja no retienen la nieve, tienen una gruesa capa de cera aislante, tienen una baja cantidad de estomas y por lo tanto un baja pérdida de vapor, tiene poca savia, su color verde es intenso, de manera a aprovechar al máximo la luz solar, y es capaz de cerrar los estomas cuando el abastecimiento de agua por el subsuelo se obstruye por congelamiento. Aunque hay otras especies como el alerce, que pierden todas sus hojas, resistiendo así temperaturas muy frías y suelos en extremo secos, y que en cada invierno entran a un estado de total inactividad, la conservación de las acículas por parte de los pinos tiene ventajas evidentes: cuando llega la primavera sus hojas están ya dispuestas, y no gasta energía todos los años en renovar su masa foliar (la renueva continuamente cada siete años).

La cintura de coníferas incluye pinos, piceas, tsugas, cedros, abetos y cipreses, todas de hojas aciculares y piñas. Las hojas caídas se descomponen muy lentamente: son cerosas, resinosas, hace frío, hay poca actividad bacteriana, pueden pasar años antes de que se descomponga; el resultado es un suelo pobre y ácido debajo de un tapiz de acículas caídas. Pero ¿cómo es que crecen entonces los árboles si el suelo es pobre? Están asociados con un gran número de hongos, que a través de las raíces poco profundas de las coníferas, intercambian las sustancias que ellos son capaces de liberar desde las acículas que ellos mismos envuelven; a cambio piden los azúcares y carbohidratos que no pueden sintetizar por carecer de clorofila. Su relación con las coníferas es amplia, hay muchas especies de hongos creciendo asociadas junto a las coníferas, y aunque éstas pueden prescindir de los hongos, crecen entonces más lentamente.

Las resinosas agujas de las coníferas alimentan solo a un par de especies de aves y a los insectos, pero ni los renos (caribúes) ni los roedores las prueban. El principal alimento que proporcionan los bosques de coníferas son sus semillas: ya caídas, ya en las piñas, que varios animales saben conseguir: el piquituerto y el cascanueces son un par de aves que saben extraerlas de las piñas; las ardillas, los topillos y los lemmings las consiguen bajo la nieve. Los animales mayores, el corzo, el caribú y el alce viven sobretodo de la grasa almacenada en verano, aunque también ingieren líquenes, musgo, corteza de árboles y uno que otro escaso arbusto conseguido en las orillas de los ríos o de los lagos. También hay grandes depredadores en estos bosques: el lince del Canadá, cazador prudente que cuando caza liebres renuncia si no la ha alcanzado tras 200 m. de carrera, mientras que para conseguir un corzo, animal más grande, tiene mayor dedicación; el glotón es otro cazador, especie de comadreja gigante, que también caza corzos. Y sin embargo los grandes animales son relativamente escasos, aunque toda la fauna de invierno sea homogénea a través de los 10000 Km. de coníferas: muchas especies son las mismas en Eurasia y en América del Norte, solo cambian el nombre que en uno u otro continente le dan.

currucaEn verano el asunto cambia, Europa, Asia y América tienen sus propias aves migratorias bien diferenciadas. También en esta zona el verano es corto, por lo que toda vida está nerviosa y apurada por reproducirse: nacen miles de insectos devoradores de brotes que alimentarán a aves autóctonas y visitantes (zorzales, túrdidos, pinzones, currucas), los bosques se cubren de una niebla amarilla: polen de las flores macho, los lemmings pululan por todas partes, llegan aves rapaces, diurnas y nocturnas, a aprovechar tal abundancia; los lemmings dan tres camadas de doce críos por temporada, y cada nuevo lemming puede aparearse a los diecinueve días de vida, así es que con frecuencia las primeras camadas alcanzan a dar ellas mismas una camada más. También pululan las orugas, las polillas y las mariposas; las hormigas luchan contra las orugas, que han aprendido a protegerse ya sea distribuyéndose a lo largo de las ramas, ya sea mimetizándose a la perfección con las hojas o bien utilizando las mismas señales de las hormigas; a las exploradoras las embadurnan con señales de peligro, o la envuelven en resinas para que no pueda regresar. También la relación de las coníferas con los lemmings es muy estrecha; el verano es a veces tan corto que los árboles no alcanzan a producir suficientes semillas, y dado que los lemmings son expertos devoradores de éstas, dan poca oportunidad para la germinación; por eso las coníferas tienen ciclos de tres o cuatro años en que la producción de semillas sobresale repentinamente de la media, ganándole la carrera a los lemmings que no son suficientes para agotar las semillas; entonces hay nuevos brotes. También hay una relación entre la población de roedores (lemmings, topillos), que tiene un descenso brusco cada seis o siete años, con sus predadores, que en esas épocas sencillamente ponen menos huevos, o migran muertos de hambre más al sur. En épocas de abundancia, los cárabos lapones, que comen solo topillos, ponen de siete hasta nueve huevos: nacen tal cantidad de predadores que se piensa que es esto lo que hace caer bruscamente la población de topillos al año siguiente. Todos se multiplican, cazador y caza, hasta que finalmente la población cazadora agota a la población cazada, debiendo la cazadora ir, toda junta, a cazar a otra parte. Lo mismo ocurre con los piquituertos, engañados por la sobreabundancia de semillas, deben viajar hacia el sur al año siguiente, donde a veces mueren de hambre por no encontrar su alimento.

Más al sur, pero todavía en clima templado, la vegetación cambia; hay especies de árboles más variadas, de troncos más gruesos, de hojas y frutos más grandes y nutritivos; las coníferas ya no son mayoría. Camino al sur primero aparecen abedules, luego robles, hayas, castaños, fresnos y olmos. Los estomas de sus hojas son mucho más abundantes, lo mismo que su intercambio gaseoso y la evaporación, pero por lo mismo esto les permite engrosar mucho más sus troncos y también ramificarse más. La pérdida de agua se compensa por la abundancia de lluvias intermitentes y el agua del subsuelo de estas zonas templadas. Aparecen también orugas e insectos, algunas alimentándose exclusivamente de una sola especie; sus formas de protección ante los depredadores son variadas: algunas aparecen de noche, otras se cubren de cerdas venenosas y coloridas, otras más se mimetizan a la perfección: lo único que las delata es el camino de hojas comidas y a medio comer que van dejando, pero algunas han aprendido o a arrancar las hojas devoradas y los pecíolos, pues parece que las aves las detectan por su huella foliar, otras comen y se alejan a otras ramas. Ante la proliferación de insectos devoradores de hojas, los árboles han tenido que aprender a protegerse; tal es el caso del roble, capaz de detectar zonas en peligro y de enviar, costosamente, taninos a la zona para que las orugas u otros insectos migren a otra parte, por el sabor desagradable; al migrar se vuelven más detectables por el movimiento y son más fácilmente detectadas por las aves; los robles son incluso capaces de enviar señales químicas a sus compañeros, si la invasión es muy numerosa, para que se protejan desde antes de la devastación.

Los pitos, picamaderos o carpinteros tienen las patas modificadas para agarrarse de los troncos (dos hacia atrás y dos hacia delante) y la cola rígida que le sirve de apoyo. Tienen un oído fino que detecta el avanzar de insectos justo debajo de la corteza, entonces picotean para devorarlos prolongando su larga lengua, que a veces alcanza su propio tamaño; picando la madera también hacen nidos, marcan territorio o atraen hembras con determinadas señales, igual que un canto. No solo hacen hoyos en árboles vivos, también en los muertos, donde encuentran escarabajos en abundancia. Algunas especies bajan al suelo a devorar hormigas introduciendo su lengua. Otras, como el Melanerpes formicivorus hacen grandes agujeros para guardar bellotas para el invierno; otras más, como los Sphyrapicus, hacen hoyos cuadrados de especies elegidas por su abundancia en savia; la dejan chorrear y esperan la llegada de insectos, obteniendo así un concentrado de azúcares y proteínas.

En esta zona, de verano más largo, las semillas de los bosques caducifolios sí alcanzan a madurar; los árboles utilizan de preferencia el viento o los animales para propagarlas, por eso sus flores son más bien discretas y atraen pocos insectos. Castaños y avellanos liberan sus frutos, los arces sus semillas aladas. Pero llegado el invierno todos estos árboles deben desprender sus hojas, porque de lo contrario la deshidratación sería fatal, lo mismo que el peso que podría fácilmente partir ramas enteras con el viento. Se tamponan las uniones entre las ramas y las hojas (pecíolos) y la savia ya no llega a las hojas; la clorofila se descompone, las hojas cambian de color y su unión con las ramas se debilita paulatinamente hasta que el viento las arranca. El suelo de los bosques caducifolios es muy rico en humus; el suelo no pasa mucho tiempo congelado por lo que la actividad de bacterias y hongos es casi incesante y continua en el invierno; lo mismo que la actividad de escarabajos, milpiés, saltarines y sobretodo lombrices.

Comadreja del HimalayaMuchos animales (musarañas, topillos, ratones, ardillas, comadrejas, tejones) de estos bosques hibernan, es decir, sobreviven al invierno mediante la grasa lograda en verano. Disminuye todo su metabolismo, su respiración, sus latidos cardíacos y su temperatura, evitan todo gasto innecesario de energía; algunos cesan completamente toda actividad, a tal punto que parecen muertos (marmotas, lirones y erizos); algunas especies siguen vivas con una temperatura corporal de a penas un grado centígrado; pero saben reaccionar cuando la temperatura es extrema o cuando sube ligeramente, se levantan y se alimentan con frutos guardados para el invierno. Todos estos animales viven en hoyos o madrigueras. El oso negro americano no es tan dormilón como se cree, demora un poco la hora de dormir; siempre hibernan solos; después de un mes de ingresado al hoyo la hembra pare dos o tres oseznos del tamaño de una rata, casi no los nota; mientras la madre duerme, alimenta a los oseznos durante todo el invierno; la osa no se alimenta, no orina ni defeca hasta la llegada de la primavera. En la parte meridional se aislan así unos dos meses; más hacia el polo pueden estar unos seis o siete meses durmiendo.

Más al sur todavía, empiezan a aparecer las especies perennifolias (de hoja perenne, que no cae): magnolias, olivos y madroños, así como algunas especies de roble que más al norte pierden sus hojas. En esta zona es más difícil el verano que el invierno, por el fuerte calor y la deshidratación: por eso sus hojas son enceradas por arriba, dejando sus estomas por la cara opuesta; dejan caer sus ramas en los períodos de más calor. También vuelven a aparecer las coníferas, siempre tan resistentes a los suelos secos y a la deshidratación, solo que con formas distintas, no ya con su forma cónica especial para la nieve sino que con techo plano, como el pino piñonero. También tienen otra virtud que las mantiene en territorios aún más meridionales, donde el agua abunda y el suelo es fértil: su resistencia al fuego; y en la zona mencionada los rayos son siempre abundantes, al igual que los incendios; la corteza del pino se chamusca pero no se quema, y protege incluso a sus brotes con mechones de acículas; mientras que los arbolillos caducifolios no saben reaccionar ante el fuego, por tales motivos es que las coníferas “mantienen algunas posiciones” tan al sur.

pájaro carpinteroSe dice incluso que las coníferas estimulan la aparición de incendios: sus acículas tan difíciles de descomponer se secan formando un tapiz muy irritable al fuego, de modo la probabilidad de incendios en un bosque de coníferas es mucho más alto que en uno de caduciflias; las llamas eliminan potenciales arbustos competidores pero también hacen utilizable todas las acículas quemadas, pues las descomponen. Una prueba de esta hipótesis es que hay una especie de pino que libera una piña cubierta de brea que solo se abre cuando es sometida a calores intensos. El autor desprejuicia el daño de los incendios afirmando que es peor proteger los bosques en demasía, porque la capa de hojas aumenta de año en año y luego forma incendios inmensos que destruyen bosques enteros, mientras que los incendios anuales no ocasionan mayores daños si no ha habido acumulación previa de material combustible; los animales saben huir y protegerse: se han visto ratas y conejos que esperando llamas bajas, cruzaban por el fuego hasta alcanzar las cenizas del otro lado, donde ya no volvería el fuego. El pájaro carpintero, o pito, de los bosques meridionales combate este problema nidificando siempre en coníferas vivas a baja altura, donde el tronco es más grueso (para lograr hacer el nido en el interior del tronco pasada la zona de resina, que las coníferas utilizan para protegerse de heridas y quemaduras); aunque le cause problema por el peligro de las culebras, ha sabido protegerse creando una cintura resinosa debajo del nido, taladrando ingeniosamente el tronco hasta formar un anillo de protección; las culebras no soportan la resina de las coníferas. Otros problemas más que tienen estos carpinteros es que sus agujeros son muy apreciados por su localización y porque es muy difícil hacer hoyos en la madera viva; también ha resuelto esto viviendo en comunidades de diez aves que protegen mutuamente el nido (y de paso el agujero) y que incluso ayudan a alimentar a las crías; generalmente es una sola pareja que nidifica, acompañada por ocho jóvenes aves.

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Basado en:
El Planeta viviente
David Attenborough

1.- Ecosistemas Calientes

2.- Ecosistemas Fríos

3.- La vida en los Bosques Templados

4.- Vida en los Bosques Tropicales

5.- Ecosistema de los Pastizales

6.- La vida en los desiertos

7.- Ecosistemas Aéreos

8.- Ecosistemas Lacustres

9.- La vida en el barro

10.- Ecosistemas Insulares

11.- Ecosistemas Marinos

 


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