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5.- América y el ocaso del imperio Español
6.- Francisco Miranda, el precursor
3.- La Araucanía
Los españoles demoraron poco más de dos años en someter a los aztecas, y lo mismo ocurrió con el imperio inca. Pero no pudieron someter nunca totalmente a los pueblos indígenas australes, los araucanos. Aunque pensaron que eliminando al legendario Caupolicán, héroe araucano alto y fornido, de quien se decía tenía por maza un tronco de encina, someterían al pueblo entero, tal y como ocurrió cuando eliminaron al inca o al jefe azteca, lo cierto es que los araucanos no se rindieron nunca. La explicación más adecuada, que no va en desmedro de la valentía araucana, es que éstos no estaban agrupados en pueblos o ciudades sino que formaban innumerables tribus; estaban pues muy bien preparados para hacer retiradas en cualquier momento, conocían muy bien los bosques y campos y sabían establecerse rápidamente en cualquier lugar. Estuvieron desde siempre acostumbrados a no tener jefe ni gobierno, y todo su trabajo iba siempre en su propio provecho.
Transcurrieron más de 300 años para que finalmente se lograra establecer un acuerdo definitivo de no agresión donde se respetaban los derechos indígenas y sus tierras, después de muchos acuerdos fallidos en que generalmente eran los propios conquistadores quienes proponían los acuerdos pero luego los infringían; hay que notar que el acuerdo definitivo se logró con los militares chilenos. Eran guerras no tradicionales, no se enfrentaban infanterías sino que los españoles debían enfrentar ataques sorpresa directamente sobre sus asentamientos y pueblos: táctica de guerrillas.
Caupolicán, el toqui araucano, jefe militar del tribuno Colocolo, murió arrastrado en la plaza de Cañete, después de diecisiete años de luchas en las cercanías del río Bío-Bío. Se dice que lograron atraparlo por la traición de alguno de los suyos. Alonso Reinoso, alcalde de Cañete, mandó arrastrarlo por la plaza, colgarlo de un poste y acribillarlo a flechazos; quiso amedrentar a los indígenas con un castigo ejemplar; a los jefes de cada tribu, los ulmenes, los metía en cañones y los disparaba al aire. Pero ésta era también una venganza por la muerte de Pedro de Valdivia, "descubirdor" de Chile y fundador de ciudades, en manos de los araucanos, a quien despedazaron, matando además a todo su destacamento de 50 caballos en Tucapel.
Comprender la vida de los araucanos ayudará a explicar su empecinada resistencia. Todos los hombres eran guerreros, no había clase militar (como entre incas y aztecas); los hombres eran educados en las artes de combate desde muy pequeños. Los pueblos araucanos (que en realidad es el genérico, con la tribu araucana como líder pero agrupados bajo el nombre de puelches (los hombres entre el Bío-Bío y Valdivia), vecinos de los picunches (hombres del norte) y los huilliches (hombres del Sur)) estaban además acostumbrados a los intentos de invasión Inca, quienes nunca pudieron dominarlos.
Eran todos pueblos nómades que a penas y conocían la agricultura, y vivían más bien de la caza y la recolección; se bañaban todos los días al alba, fuese invierno o verano, y se parecían a los asiáticos: “rostro lampiño, tez ocre, labios gruesos, ojos oblicuos, cabello negro y liso”, siempre con una cinta de lana en la frente adornada con plumas (el chili es el zorzal del sur); las mujeres eran bellas, con túnicas casi siempre turquesas hasta las rodillas, y siempre descalzas como los hombres. Se entrenaban con frecuencia para la guerra, ya en sus tierras, ya en territorio enemigo; hacían una convocatoria enviando mensajeros a cada tribu con una flecha ensangrentada como señal; entonces las tribus se reunían en el lugar indicado y se realizaba una competencia de oratoria donde cada jefe militar, o toqui, intervenía. Entonces se elegía al mejor orador quien era nombrado jefe militar máximo. Emprendían el ataque “rápidos como el rayo, caían sobre el enemigo, saqueaban la población y se retiraban con el botín. Luego celebraban la victoria en salvajes bacanales, emborrachándose de chicha u organizando torneos de lanzas.”
La mujer estaba completamente sometida: la vendían y compraban como un objeto, era una esclava que debía dedicarse a la tierra, cuidar los animales, cargar fardos...y parir hijos; la mujer preñada era considerada impura y tenía que ir a dar a luz fuera del hogar, y regresar bastante tiempo después. Se educaba a los muchachos “en el desprecio de la mujer”...un buen elogio era “es alto, lucha con su padre, pega a su madre”. “Al araucano le repugnaba la existencia en común”, solo se unía a los grupos en caso de peligro: guerras, plagas, desastre natural... ”aquel taciturno buscaba la soledad”... caminaba mucho antes de encontrar un lugar adecuado, luego fabricaba él mismo su ruca y encendía un fuego; cada ruca estaba separada de las demás por un “bosquecillo o por un accidente de terreno”.
Y sin embargo todos tomaban concejos de una autoridad (moral) central, los ulmenes, “soberanos feudales elegidos por comicios nobles”. El derecho araucano, representado por los Adamapus, disponía que todos los araucanos son libres: no pagaban tributos, pero en cambio se ayudaban fuertemente entre sí en caso de penurias. Los Incas no solo trataron de someterlos sino también de adoctrinarlos mediante su propaganda: ambos fueron echados, tanto el Inca (Yupanqui) como su propaganda.
Eran monoteístas: se adoraba al Gran Espíritu, pero no erigían templos ni tenían clase sacerdotal alguna, quizás porque estaban demasiado ocupados en las guerras; el culto era simple: algunos sacrificios en contadas ocasiones, danzas entorno a Guamaranza, protector de las cosechas; “creían en la inmortalidad del alma y en la vida futura”. Tenían hechiceras, Tempulagi, encargada de conducir a los muertos en su barca a la Tierra prometida, más allá de los mares. Enterraban a los muertos, con el “busto erguido”, junto a sus armas, utensilios, alimentos, y sobretodo semillas. Las matronas abrían los sepulcros una vez al año para limpiar los sepulcros y los cadáveres. Los muertos no estaban muertos para ellos, por eso no los lloraban...”lo importante era morir bien”... en la guerra, luchando, dignamente.
No tenían clero pero si hechiceros, los machis, mezcla de médicos y profetas, que ayudaban a los araucanos siempre ávidos de presagios: interpretaban el vuelo de las aves y de las nubes, así como las huellas de los animales; si alguien enfermaba, llamaban a un machi, que por lo general plantaba una rama de canelo (árbol sagrado de los araucanos) ensangrentada de guanaco en la cabezera del enfermo: hacía encantamientos mientras se quemaban hierbas y cantaban las mujeres “lúgubres melopeas”. Si esto no resultaba, se llamaba a otro machi, que a su vez trataba de curarlo. Muchas veces el mal del enfermo era atribuido a un integrante de la familia, a quien reprendía y castigaba.
Los escritos religiosos del s. XVI se referían a estos hechiceros como “sacerdotes del diablo”...y es que los araucanos tenían su “bestiario diabólico: los chonchones, animales con cabeza humana y con unas orejas muy largas que les servían para volar en las tinieblas; los colocolos, lagartos que vivían bajo tierra y que de noche salían a morder en el seno de las madres que estaban criando; los pihuchenes, serpientes voladoras que chupaban la sangre de los que dormían debajo de los árboles”. También creían en una especie de justicia futura: la morada celestial estaba dividida en dos partes, delicias para los buenos y hoguera para los malos.
Creían en ciudades legendarias, como la que se supone existió en el lago Taguatagua cuando todavía no era lago: ciudad dedicada exclusivamente al placer; dos ángeles advirtieron a sus habitantes que se “enmendaran”, como no hicieron caso, se abrió la tierra y se inundó de torrentes de agua hirviendo. El embalsamamiento, su mitología, su interés por la astronomía, han sido ligadas con la teoría de una colonización temprana llegada desde el próximo Oriente. “Un detalle insospechado acabará de pintar a los araucanos: hablaban una lengua armoniosa, de inflexiones muy gratas. Sus poemas, sus cantos, su palabra tenía la dulce sonoridad del griego y el ritmo del latín”.
La conquista de Chile tomó un camino distinto del tradicional; en Perú, México, el Río de la Plata, la conquista se realizaba en tres actos: un acto jurídico en el que todas las tierras se proclamaban propiedad del reinado de España; un acto militar y político, el “tomar lengua” con los jefes indígenas para notificar y ejecutar el primero; un acto religioso, para demostrar su carácter evangélico que pretendía cristianizar todas las gentes de la tierra conquistada.
En la Araucanía el método en cuestión fracasó completamente, no pudieron completar el segundo acto; por eso se dice que en Chile hubo, antes que una conquista territorial, una espiritual y religiosa. Los soldados de avanzada, más allá del Bío-Bío, siempre eran o rechazados o muertos; después de largos intentos, se cedió el turno a los intrépidos religiosos, que pronto se ganaron el respeto de los indígenas; éstos últimos aprendieron su lengua, enseñaron los evangelios y trataron de negociar; iban desarmados pero construían asentamientos donde con alguna frecuencia trataban de curar males que los propios machis no podían curar; a veces tenían éxito y llegaban a fundar reducciones de indios conversos. El clérigo más famoso fue el padre Luis Valdivia, comparado con Bartolomé de las Casas en Méjico, pues siempre quiso defender los derechos indígenas y denunció algunas injusticias cometidas; apareció en Chile, llegado de Valladolid, en la época en que el toqui Paillamacu defendía con mucho éxito la resistencia indígena.
Los españoles cansados ya de incursiones fracasadas, después de casi 200 años de luchas, optaron por dejar la conquista en manos del padre Valdivia, sobretodo por su buena acogida entre los indígenas. Valdivia logra firmar un importante acuerdo, respaldado por el mismísimo rey Felipe III; pero al poco tiempo es infringido por los españoles, por lo que Paillamacu lanza su grito de guerra nuevamente. La paz es lograda con los mapuches solo después de la independencia chilena, firmando un acuerdo con los militares chilenos en Temuco.
Entre los cronistas que relataron las guerras entre araucanos y españoles, o incluso, desde el presidio, cómo vivían los araucanos, contamos: Pedro de Oña, Alonso Ercilla y Zúñiga, y Francisco Bascuñán. Los tres participaron en las guerras contra los araucanos, pero el último fue cogido prisionero y mantenido vivo, repartido como esclavo entre los ulmenes, tocándole por suerte a Maulicán; se formó sin embargo una amistad entre ellos y el prisionero, nacido en Concepción: pudo moverse libremente; escribe entonces su “Cautiverio feliz”, describe sus costumbres, y se convence de la nobleza del pueblo y de la razón de su lucha; aprende su lengua y hace versos con ella.
Un último hecho histórico que termina este bosquejo sobre la Araucanía es el del buen trato y acogida que dispensaron los araucanos a las monjas durante las guerras de independencia, protegidas varias veces cuando en realidad no tenían dónde esconderse durante las batallas.
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