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Simón Bolívar y San Martín, los Libertadores.

Estatua de Bolívar y San Martin en GuayaquilBolívar es otro criollo muy especial nacido en Venezuela (al igual que Miranda), hijo de un padre rico y poderoso que muchas veces se situaba a la derecha del capitán general en sus visitas al virrey. Adinerado, descendiente de una familia vasca, de Vizcaya (Bolívar significa orilla del molino, en vasco, y por eso la insignia de la familia en la época medieval era una rueda de molino junto a una planicie de plata) y que data del medioevo.

De padre severo, descendiente de un Bolívar llegado a mediados del 1500, Simón Bolívar tuvo tres hermanos, dos hermanas mayores y un hermano; él es el menor. Su padre muere cuando él es muy pequeño, poco más de dos años, luego muere su madre, casi siete años después del difunto marido y tras haberse hecho cargo enérgicamente de la administración. El abuelo materno de Bolivar, de apellido Palacios, la reemplaza en la tutoría de la familia, pero también muere. Finalmente queda a cargo de su tío Carlos, hermano de la madre, al parecer con un marcado sentido social. A los diez años Bolívar es libre de entrar y salir de la casa, no existe una autoridad represora, y se cría con una mujer negra, a la que años reconocerá como su “verdadera” madre, y con preceptores entre los cuales Andrés Bello, muy joven en esa época, y Simón Rodríguez Carreño, el único mentor influyente que le transmitió desde pequeño ideas libertarias y republicanas a Bolívar; aprendió con ellos matemáticas, latín y francés.

Su familia era entonces, poderosa y realista. Ninguno de sus tíos llegó a tratarlo con cariño. Tuvo mucho aprecio por Hipólita, la negra que lo crió. Vivió entre gente de color, mestizos, zambos, negros, indios; conoció sus penas y alegrías. Pero de todos modos parecíale muy normal la esclavitud y los derechos de la nobleza, a pesar de su buen instructor, a tal punto que después de una breve estadía en España, en la que conoció a su mujer, volvió a Venezuela con la intención de formar una familia y vivir como viven los nobles. Pero su mujer se le murió a su llegada. Desde entonces decidió no casarse nunca más, ni amar a nadie más, porque la gente se le moría. Empezaba a formar su carácter impulsivo, presuroso, impetuoso, impaciente. Volvió a España a terminar sus estudios, muy bien recibido por la nobleza española, tal vez por su pinta de pájaro del nuevo mundo, y también en Méjico, donde debió hacer una escala mientras se liberaba de la presión inglesa la ruta hacia Venezuela.

Encuentra nuevamente en Europa a Carreño, a quien invita a acompañarlo. Viven los primeros meses de una república incipiente y de una reciente decapitación de los reyes. Admiran a Napoleón y luego lo odian cuando se decide por el Imperio. Pero toda la agitación provocada por el soldado emperador estimula la sed de gloria de Bolívar, quien ya sueña con las palabras Libertador de América. Jura en el monte sacro, en Roma, ante su amigo mentor y tras un discurso pronunciado ante él y que versaba sobre los héroes de la república romana, que libertaría a América de la corona española.

El movimiento independentista empieza en los alrededores de 1810. Para ese año, ya ofrecía una segunda intentona y un primer mártir, en Méjico: el cura Hidalgo, que teniendo por estandarte en su alzamiento a la virgen de Guadalupe, la virgen de Dolores, y su llamamiento denominado como el “Grito de Dolores”, en Septiembre cerca de Guanajuato. La insurrección fue eliminada, y el cura ejecutado. El mismo año, pero en Bolivia y en Enero, el presidente de la primera junta boliviana se levantaba: “Compatriotas, yo muero, pero la antorcha que dejo encendida no se apagará”. En Venezuela, como dijimos, con Miranda traído de vuelta por Bolívar tras un viaje infructuoso a Inglaterra en busca de dinero y de armas, se proclama la república, que no dura más de un año. Ese mismo año, en 1810, se formaron juntas de gobierno alzando la ambigua proclama de Viva el Rey y Viva la Independencia. Se forman juntas revolucionarias en casi todos los países. La entrega de Miranda por parte de Bolívar no se ha podido interpretar con certeza, aunque es más o menos lógico que trataba de salvar el pellejo. Pretende volver a España y hacer batalla por allá, pero cuando sabe que Monteverde le ha expropiado todos sus bienes se convence de ser un republicano.

Autoexiliado en Cartagena de Indias escribe y publica un manifiesto a los habitantes de Nueva Granada, un discurso político y novedoso, en el que explica la situación, la derrota momentánea de la república, y donde propone los nuevos caminos a seguir. Y se enrola en el ejército de Nueva Granada teniendo por superior a un francés. A partir de estos momentos Bolívar inicia una campaña brillante, ganando todas sus batallas con un ejército de unos 500 hombres, los “malvados”, que incluían a negros, mestizos, zambos, a quienes se les había prometido su liberación. Cuando llega a Caracas, en agosto de 1813, es vitoreado por la multitud y aclamado como el libertador; y nombrado capitán general. Pero sabe que sólo han liberado al tercio del territorio venezolano, que queda mucho por hacer, y que los realistas se están rearmando. Ha logrado una buena relación con Mariño, el libertador de Oriente, que estuvo luchando ferozmente con Monteverde.

Tras los días de gloria, inician la primera campaña de 1814, pero tras victorias y derrotas, las tropas de Bolívar y Mariño unidas no pueden contra las de Monteverde en La Puerta. Ambos huyen hacia Caracas, dejando más de mil hombres en el campo. En Caracas no tienen mucho tiempo que perder porque los realistas están a las puertas. Los curas le entregan a Bolívar un tesoro de oro de más de 800 kilos, y parten con él, ambos, Bolívar y Mariño, en el barco de un italiano, Bianchi, que se ofrece a llevarlos a Nueva Granada. Bolívar es un hablador incansable, y en el trayecto no hace más que arengar a los pocos soldados y asegurarles su futura victoria.

En Cartagena se entera del acontecer bélico; la zona no está en guerra pero hay bandos: en Santa Fe un dictador y en Santa Marta los realistas. Rearma su ejército y vence en pocos días, duramente, al dictador. Se le nombra capitán general nuevamente, el congreso se traslada de Tunja a Santa Fe. Planea su avance en zigzag desde Cartagena hasta Caracas, pero es conciente que le faltan fuerzas militares. El gobernador de Cartagena, Castillo, desconfía de él, y no le presta sus armas, quizás celoso por no tener el mando. Cuando de todos modos decide partir, han desembarcado en Santa Marta diez mil españoles, y Castillo ha enviado cartas a los pueblos ordenando que no se le preste ayuda a Bolívar. Entonces Bolívar, pragmático, renuncia a su cargo y viaja hacia Jamaica.

Fernando VII subido al trono con la ayuda indispensable de los liberales que defendían una nueva constitución, los traiciona y toma actitudes déspotas. Envía a 10.000 hombres para someter a la América rebelde, al mando de Murillo, un ex soldado raso que hizo carrera militar y logró ascender a los altos rangos: 18 barcos de guerra y 42 de transporte de tropas. Enviado con primeras intenciones de amnistía, muestra su calaña al declarar desde América que la única forma de someter a los rebeldes es exterminándolos. En poco tiempo logra tomar toda la Nueva Granada, con escasa resistencia. Sitia Cartagena por cuatro meses, por tierra y por mar, y así la ciudad infranqueable, fortificada para evitar piratas, muere poco a poco de hambre. Desde Jamaica un Bolivar empobrecido, de albergue en albergue, esperando por mesas en las que poder dormir, durmiendo en hamacas y ayudado ocasionalmente por un comerciante inglés, piensa en lo paradójico del español en América; si quiere liberarla, ¿no debe ser acaso un gobierno indígena el que debe establecerse?

En América del norte, para le época casi un 83% de la población es blanca; en Sudamérica las cifras a penas alcanzan el 26% en Venezuela, en Perú es tan sólo el 12%: ha habido mucho mestizaje; América es multicolor, con predominancia indígena. Una vez más Jamaica acoge a los refugiados y empobrecidos, “el asilo de los proscritos”; en Jamaica también se refugió Colón al final de su último viaje. Allí Bolívar redacta la Carta de Jamaica, donde “habla al mundo”: critica a la España madrastra y desnaturalizada, critica a la Europa y la América del Norte indiferentes, debate sobre el carácter invasor-invadido del criollo, y sobre política: ¿qué régimen le conviene a América? No ha sabido estar preparada para la libertad, y ahora sigue siendo sierva: no hay ni un sólo virrey americano, ni gobernadores, rara vez arzobispos; militares americanos siempre subalternos. ¿Qué régimen? Ni monarquía ni república sino una federación de pequeños estados. Pero al mismo tiempo con la unión americana, confederada.

Bolívar no estaba nunca mucho tiempo parado; consiguió embarcaciones e intentó dar batalla, desembarcando primero en Margarita, donde había una fracción republicana al mando de Arizmendi, y luego adentrándose en Ocumare, donde tuvo que escapar ante la llegada de los realistas de Morillo hacia Guiria, donde habían republicanos. Fue peor: su llegada cordial fue recibida con un duelo en la arena de la playa teniendo finalmente que huir por mar hacia Haití. Estaba siempre amenazado, y no podía confiar en sus aliados. A pesar de ello, se le pide asumir el mando y enfrentar a los realistas. Logra apoderarse únicamente del sector más oriental de Venezuela: Guayana y las orillas del Orinoco.

Bolívar es increíblemente versátil, y según el autor lleva la enfermedad de la grandeza: la soledad. No puede confiar en nadie. Pero encuentra a Páez, el “señor de los llanos”, iletrado, incapaz de expresarse, pero fiel y feroz en las batallas; tiene al mando un batallón de llaneros pseudoprimitivos que “comen carne cruda y hablan poco”, “los húsares del Apure”, pobres y aguerridos, pequeño ejército multicolor; Páez conoce la historia y el sueño de Bolívar. Llevan una campaña exitosa durante dos años 1817-1818, mantienen la Guayana y la entrada del Orinoco. Pero la guerra está detenida y Bolívar quiere hacer un tour de force; Morillo sigue recibiendo ayuda de España, Bolívar la recibe de Inglaterra. La situación en Venezuela: Oeste realista, Este republicano o rebelde (Mariño, Bermúdez, Arizmendi), Guayana, el interior, los llanos del Orinoco son de Bolívar.

Capital provisional en Angostura, lugar del congreso donde en 1819 Bolívar es nuevamente nombrado presidente después de insistencias y su discurso: filosofía política: ¿conviene la democracia a Nueva Granada? “ninguna forma de gobierno es tan débil como la democrática,... ángeles, no hombres” pueden vivir en democracia (p262). Las grandes culturas han nacido todas de aristocracias o monarquías. Habla de un cuarto poder que debe instalarse junto a los otros tres: el poder moral, rozado por Rousseau en su Contrato Social... habla de Grecia, de Roma, de Esparta, y sostiene que la futura Colombia no está preparada para la democracia. Luego “las ovaciones eran al jefe más que al libertador. No es que amaran mucho a Bolívar; es que le necesitaban”.

Bolívar comprende que la guerra que ha durado ya más de cinco años necesita de un gran golpe decisivo. Su plan: no ir directamente al grano y ocupar Caracas sino conquistar Nueva Granada (la Colombia actual). Y así lo hace, junto a su ejército multicolor que incluía legionarios ingleses; conquista primero Boyacá en una batalla imposible, con soldados cansados después de atravesar una interminable zona árida. Más al norte se une al ejército de Santander, juntando 3 mil y tantos hombres. Desde allí emprenden el difícil camino hacia Santa Fe de Bogotá, que ocupan en una batalla difícil. En España Fernando VII ya está enviando un increíble ejército de 30000 hombres, al mando de Rafael Riego, que sin embargo desafía al rey obligándolo a restituir la constitución de Cádiz, llamada de los “filósofos”. Y naturalmente, el ejército no viaja. Se ordena a Morillo pactar y detener la guerra. Bolívar y Morillo firman un armisticio, se reúnen como dos buenos amigos, Nueva Granada es reconocida como independiente y soberana, de allí en más las guerras se harán como entre naciones civilizadas.

La paz dura sólo algunos meses, y Bolívar la emprende nuevamente aprovechando un sublevamiento en Maracaibo que rompe con el armisticio; si en Boyacá se decidió la independencia de Nueva Granada, es en Carabobo donde se decide la de Venezuela. La Torre, realista que dominaba Valencia, es obligado a huir hacia Caracas y luego hacia la costa. Bolívar ocupa Caracas y es nombrado generalísimo en jefe y presidente de Colombia, la tierra unida de Venezuela, Guayana y Nueva Granada. Bolívar quiere integrar también a Ecuador y emprende una nueva campaña hacia el Sur, ya en conocimiento de Sucre pero sin saber de su fidelidad. Viaja enfermo, y en Pasto es obligado a retroceder. Sucre empieza a avanzar victoriosamente desde el sur; toma Riobamba y luego Quito en la batalla de Pichincha. Sorprendente; cuando Sucre dudaba de su fidelidad, sospechando una proclama de autonomía, Sucre da muestras de su honorabilidad sometiéndose al gran general y obligando a los realistas a reconocer la sumisión a Colombia. Sucre sería la persona de confianza de Bolívar, además de su mejor lugarteniente.

San Martín es el gran libertador del sur, el único comparable a Bolívar. Ha liberado a Argentina de los realistas del virreinato de la Plata y desde entonces decide continuar el avance independentista en Chile y Perú; en Chile la independencia se decide en la brillante batalla de Maipú. Vuelve a Argentina entonces a recuperar fuerzas, y con la ayuda del almirante irlandés Cochrane, planea la liberación del Perú; el irlandés bloquea la costa, y San Martín gana en Pisco, y luego conquista Lima tras arduas batallas. Toda la Sudamérica hispana es independiente a grosso modo, porque en el detalle todavía quedan pequeños focos realistas alejados, o movimientos independentistas criollos.

Uno de ellos es Guayaquil, puerto fundamental y muy rico, que proclama su independencia y no abraza la causa colombiana. Guayaquil es gobernado por un triunvirato cuyos integrantes no están de acuerdo: uno quiere la total independencia, otro no quiere a los colombianos y el tercero quisiera unirse a Perú. Bolívar se pone firme, hay que anexar al fértil Guayas a la fuerza. Sucre es el encargado, buen conocedor de los asuntos ecuatorianos; logra un tratado de paz con los colombianos pero un general español le niega a la junta de gobierno toda ingerencia en el mando; Sucre batalla contra dicho general, Aymerich, y lo vence en Yaguachi. Después es Bolívar quien asume el mando de la zona, al menos hasta que sea debidamente anexada a Colombia. Lo reciben y agasajan con pompa. Bolívar invita a San Martín.

San Martín está un poco reacio; adivina las intenciones de Bolívar, como que San Martín no sueña con la unidad sudamericana, o al menos no quiere ser él el gobernante de la Sudamérica unida. Otros historiadores piensan que San Martín llegaba a reunirse con Bolívar con la intención de ponerse a las órdenes suyas, pero cuando lo ve tan adorador de la pompa, tan bailarín, en momentos en que no hay tiempo que perder o dinero que malgastar... se retira. Porque ambos libertadores se reúnen en Guayaquil y llegan a un acuerdo secreto; Bolívar hace fiestas, San Martín se retira, a la inglesa. Tiempo después parece como si hubiera renunciado a seguir siendo el protector del Perú, porque es Bolívar quien debe prolongar su campaña todavía más; o como si San Martín hubiese dejado el resto del continente en manos de Bolívar.

En efecto, los realistas del Perú logran apoderarse nuevamente del territorio. Bolívar sigue en campaña, recibe abundantes refuerzos de Colombia; sus soldados ya conocen los Andes, y están bien provistos con todos los botines españoles conseguidos. En plena campaña recibe la noticia desde Colombia: lo han relevado de su cargo en el ejército. No importa, sigue en campaña, y se toma Lima. Los realistas van huyendo, Sucre se encarga de perseguirlos, la victoria debe ser total; se atrincheran en Cuzco. En Ayacucho se da la batalla definitiva que consagra la independencia del Perú, al mando de Sucre. La victoria definitiva de los republicanos es fácil, los realistas se rinden y dejan un precioso botín; Bolívar ahora dice que ha llegado el día de su gloria y en que se cumplirá su supuesto gran deseo: “no mandar más”. Esto era parte del carácter del católico Bolívar, empequeñecer sus victorias, hacerse insistir a la hora de gobernar.

A fines de 1924 Bolívar es presidente de la gran Colombia, protector del Perú y manda de alguna manera sobre Chile y el Río de la Plata. Y sin embargo menosprecia sus triunfos. Es mujeriego, pero tiene una preferida: Manuelita Sáenz, quiteña liberada, excéntrica, republicana, se pasea vestida de soldado junto a su criada, se disfraza de hombre usando un bigote arrancado a un español, hace misas negras y es juerguista. No se sabe si Bolívar está al tanto, pero la ama libremente, sin compromisos.

Llega entonces la hora de la política durante el difícil interregno, donde los triunfos suelen tambalear. Bolivia ha tomado su nombre unificando cinco provincias Altoandinas. Ensaya allí una constitución creada por él, que espera sea aceptada por toda Sudamérica: nada de sufragio universal, presidente vitalicio, pocos tendrán el título de ciudadanos electores, sólo la gente educada. Y son además los ciudadanos quienes elegirán electores. Propone tres cámaras para el poder legislativo: la de los tribunos (leyes, finanzas y militares), la de los senadores (mercantil, judicial y religión) y la de los censores (artes, ciencias y moral); propone además que estos últimos sean vitalicios. Se inspira claramente en Roma y Atenas. Bolívar es un católico practicante que no falta un solo domingo a misa; esto se ve reflejado cuando el congreso boliviano aprueba la constitución con una sola salvedad: hacer del catolicismo una religión de Estado. Se aprueba y luego se elige a Sucre como presidente vitalicio, propuesto por Bolívar.

Bolívar sueña con un sólo mando para una América federada. Y ya todo parece estar en marcha. Colombia fabrica embarcaciones, aparecen los primeros piratas colombianos que saquean barcos españoles y costas argelinas muy cerca de Europa. El país trabaja. Bolívar quiere seguir avanzando, y hace el primer y único intento de aproximación a la unión sudamericana: invita a los presidentes al congreso de Panamá (1826), y allí propone sus siete puntos: neutralidad y renuncia a la guerra entre los adherentes al pacto; ninguna intervención europea en los asuntos sudamericanos; código civil común; abolición de la esclavitud; garantía de soberanía nacional y de la voluntad popular. Adhieren a los siete puntos Méjico, Guatemala (en representación de toda centroamérica), Perú y Colombia. Chile y Brasil no dan respuesta. Argentina se niega. Alguna hostilidad entre Buenos Aires y Caracas. Los Estados Unidos son invitados, pero la delegación no pudo llegar a la cita porque “se perdió la expedición que iba en camino”. El congreso de Panamá fracasa; a penas firmado, dos integrantes amenazan con no ratificarlo. A Bolívar se le dice que los Estados Unidos no hablan bien de él.

En a penas cinco años la Gran Colombia se disloca. Santander en Bogotá tiene el poder ejecutivo y quiere ser el soberano. Se desautoriza a Páez (el llanero al mando de Venezuela) y se le suspende, pero este no acata y empieza desde Valencia a proclamar la Venezuela independiente. Ecuador hace lo mismo con Colombia. Páez llama a Bolívar para que salve la situación. Bolívar no quiere hacerse cargo, no quiere ser el rey de América, a pesar de que se le necesita, no quiere rebajar su título de Libertador con la palabra presidente. Pero viaja de todos modos a Caracas, y se le recibe bien.

Mientras Bolívar trata de poner orden en Colombia, la anarquía se extiende en sudamérica. En México hay bandos en contra. Lo mismo en el río de la Plata: los regimientos amotinados arrasan los campos. Perú amenaza con invadir el Ecuador. Separatistas, Federalistas y centralistas se atacan mutuamente. Dos tendencias: Santander, liberal que pretende reiteradamente el poder ejecutivo, y Bolívar, que quiere fortalecerlo.

Tras un abandono masivo de la asamblea por parte del bando de Bolívar, Colombia sin parlamento ni constitución le pide a Bolívar que asuma la dictadura mientras se elige una nueva asamblea...tomando el título de Libertador-Presidente. Solo, se refugia en Manuela, necesita sentirse amado.

Una vez dictador, restablece las Misiones e invita a la Iglesia a participar; mano dura contra los ladrones y agitadores, se cierran las logias masónicas, apremia a los acreedores, suprime empleos inútiles, reforma la universidad... y pone a Colombia a trabajar.

Los enemigos de Bolívar acusan: clericalismo, dictadura, reaccionario. Santander deja consignas antes de su partida a Washington: sabotear a Bolívar, formar comités secretos, escritos clandestinos. Bolívar resiste, hasta que una noche allanan su casa; se salva en una huída pragmática. Luego ya no da más, triunfa la anarquía: en Bolivia asesinan a dos presidentes en cinco días; revolución permanente en Chile, Río de la Plata, Méjico y Guatemala. Perú invade Colombia pero Sucre corta la invasión en seco. En Valencia destierran a Bolívar, separan a Colombia de Venezuela y dejan a Páez como primer presidente. En Colombia le rinden los últimos honores antes de dejar a Sucre como presidente, pero al poco tiempo Sucre es asesinado en las colinas de Berruecos. Bolívar está muy enfermo, tuberculoso, pero lúcido. En la hacienda de un español, en Santa Marta, recibe muchas visitas. Entre sus últimos escritos: “he arado en el mar”, agrias quejas contra una sudamérica anárquica; Bolívar no cree en la democracia. Cuando muere, Bolívar no tiene una camisa decente que ponerse. Es una vieja india quien le regala una para su entierro.

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Basado en:
Los Libertadores
P
aul Veyne

1.- Los españoles en la América conquistada

2.- Piratas en América

3.- La Araucanía

4.- Jesuitas en Suramérica

5.- América y el ocaso del imperio Español

6.- Francisco Miranda, el precursor

7.- Simón Bolívar y San Martín, Los Libertadores

8.- Caudillos: desorden después de las Independencias

 

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