Logo Hipernova.cl
Una explosión de semillas en las húmedas praderas de tu mente



 

 

La organización de los Incas
División territorial, privilegios, funcionarios, jerarquías, derechos, tributos y más!

El emperador, descendiente directo de Inti, el dios Sol, era el Sepa-Inca; tal era su importancia que cuando murió el último emperador inca, el imperio quedó muy rápidamente desorganizado. El Sepa-Inca despertó gran interés entre los cronistas españoles por la majestuosidad que siempre lo rodeaba; los últimos en ver al emperador fueron Hernando de Soto y Hernando Pizarro, embajadores de Pizarro en Cajamarca, siendo sus relatos quizás, la fuente más fidedigna sobre el modo en que vivían los "faraones sudamericanos".

Cuentan que cuando Pizarro llegó a Cajamarca, Atahualpa (en pelea por el trono con su hermano Huáscar) estaba muy a gusto en una de las piscinas, rodeado de concubinas y dignatarios. Atahualpa recibió a los españoles tras una tela, sostenida por dos de sus concubinas y a través de la cual él podía ver sin ser visto; al Sepa-Inca no lo veía cualquiera. Sólo cuando Hernando Pizarro dijo que era hermano del apo (jefe de los extranjeros) y tras acercar y hacer cascabelear a su caballo muy cerca de él, es que Atahualpa se dignó a recibirlo. Los indios que reaccionaron con miedo ante el caballo fueron mandados a matar esa misma tarde. Entonces Atahualpa bebió chicha en copas de oro con Pizarro, ofreciéndole una copa de plata a Soto. Atahualpa lucía una banda escarlata amarrada en la frente, la maskapaicha. El emperador se distinguía de la nobleza por una especie de tira de tela para el pelo de cuatro colores, el llautu, símbolo de la dignidad imperial que le daba varias vueltas a la cabeza. La nobleza también solía usarlos, sólo que el llautu que usaban era de un mismo y único color: negro.

Cuando al siguiente día Atahualpa quiso presentarse ante Pizarro, viajó en caravana, como siempre que un emperador inca se trasladaba; delante de él varios indígenas limpiaban el camino de incluso cualquier brizna de paja; le seguían tres escuadrones de súbditos cantando y bailando; luego varios hombres con armadura (madera y tela) y coronas de oro y plata, entre ellos el emperador, montado en una litera enchapada en oro y plata y tapizada de plumas de papagayos. Las procesiones de los emperadores se realizaban siempre así, con un ejército de arqueros y alabarderos que rodeaban su litera; corredores se adelantaban anunciando la próxima llegada del Sepa-Inca. Tras la litera del emperador, siempre cubierta de cortinas de piedrecillas que impedían las miradas desde fuera, le seguían dos literas llevando dos caciques y multitud de indígenas, muchos de ellos portando coronas de oro o de plata. La multitud que los esperaba dirigía su rostro y sus manos hacia el sol para luego dirigirla al hijo del sol, el Inca, prorrumpiendo en alabanzas tales como: “hijo del sol, bueno y amigo de los pobres”, o “muy grande y muy poderoso señor, hijo del sol, jefe único, que toda la tierra te obedezca”.

Durante los diez meses del cautiverio de Atahualpa en Cajamarca los españoles pudieron darse cuenta de la relación del emperador con sus súbditos; incluso estando preso, aquel suscitaba en vasallos y dignatarios un profundo respeto con tintes de temor. “Cada una de las mujeres de su harén le servía por turno cada ocho o diez días”. Sólo sus mujeres tenían acceso constante donde el emperador; los caciques y dignatarios podían acercárseles sólo cuando eran llamados, debiendo entrar descalzos y con un fardo en la espalda.

Inca y su sequitoCuando el emperador se disponía a comer, le presentaban un sinnúmero de platos servidos con las más variadas preparaciones; el escogía uno de los platos. Todo lo que el Sepa-Inca tocaba se convertía en tabú; ropas, comida, vasijas, todo era recogido por sus concubinas y entregadas a un noble que debía posteriormente quemarlos o destruirlos. Sus vestidos se distinguían nada más que por la suavidad de la tela, hecha a partir de pelos de murciélagos y traída de la región de Túmbez y Puerto Viejo. Su cabeza, como dijimos, se distinguía por estar recubierta con el llautu de colores; en los lóbulos de sus orejas estaban insertados enormes discos de oro; en su pecho colgaba también un disco de oro y en una de sus manos casi siempre sostenía un mazo o una lanza de oro.

Otro de los símbolos de la realeza era una llama blanca, de la cual se decía era uno de los primeros animales aparecidos después del diluvio; también llevaba colgantes de oro en las orejas y un manto escarlata sobre el lomo; se le ofrecían 15 llamas en sacrificio una vez al año (en abril) y una lanza de madera, la suntur paukur, que era otro símbolo de la realeza.

Se dice que el Inca contaba con más de setecientas concubinas a su servicio; pero además de aquellas, numerosos sirvientes: aguadores, jardineros (chacra-kamayok), custodios de guardarropa, telas, ropas, insignias reales, cocineros, arquitectos, barrenderos, guardianes, proveedores de sal, entre otros. Los puestos de los sirvientes eran muy codiciados entre los indígenas porque además de tener el honor de vivir en palacio y de estar próximos al hijo del sol, eran puestos hereditarios. Toda falta grave cometida por cualquiera de los sirvientes era castigada castigando las aldeas de donde eran originarios.

Debido al principio de pureza de sangre defendido por su cultura, entendido como descendencia del sol, la endogamia se fue estrechando cada vez más con el tiempo, llegando los últimos emperadores a procrear con sus hermanas y debiendo escoger también como esposas principales (coya) a una de ellas, hermana de padre y madre. En un principio el emperador nada más escogía entre sus numerosos hijos al que según su criterio debía portar la maskapaicha (banda imperial escarlata en la frente), pero con el tiempo aparecieron numerosas intrigas en palacio hasta determinarse que el futuro sucesor sólo podría ser hijo de la coya, y probablemente, con el tiempo, que la coya debía ser necesariamente una hermana; aunque según la mitología oficial, la primera emperatriz (Mama-Ocllo-Huaco) ya era hermana de Manco-Cápac. La rivalidad entre hermanos por acceder al trono era tan grande que el colapso del imperio se produjo en buena parte por una pelea entre hermanos, puesto que los nobles que apoyaban a Huáscar, hijo de la Coya o reina predecesora, prefirieron apoyar a los españoles antes que apoyar a Atahualpa, que era hijo de concubina, aunque también de sangre real puesto que era hijo de la reina de los Quitus (Pacha).

Los jóvenes nobles y los hijos de los curacas (ancianos jefes de las aldeas) estaban a cargo de los amautas, que en la lengua de los Incas significa hombre de espíritu. Les enseñaban religión, tradición, costumbres, leyes, política, milicia, el uso del quipu (que ayudaba en la historia y la cronología), y consejos para llevar debidamente una familia. Aunque los muchachos también aprendían sus deberes observando y acompañando a sus padres (milicia, administración,...).

A penas el emperador daba alguna señal de debilitamiento por enfermedad, era protegido en su palacio, no permitiendo entrar más que a sus seres más queridos y llevándole noticias únicamente de su agrado. Si el hijo del sol moría, se mantenía en secreto su muerte durante un mes, a fin de que todos los gobernadores de las provincias fuesen notificados y de que hubiese una transición de gobierno pacífica. A pesar de todo, fueron escasas las ocasiones en que la ascensión al trono se produjo sin una confrontación entre hermanos. Los nobles tenían entonces importancia crucial puesto que eran ellos quienes favorecían a uno u otro hijo.

El cadáver de un inca era conservado en el palacio que él mismo había mandado construir; su cuerpo era procesado para lograr cierta durabilidad, embalsamado o secado al sol, previa extirpación de todas sus vísceras. Los ojos eran reemplazados por piezas de oro y las mejillas por corteza de calabaza. Su cuerpo era cubierto con sus mejores vestidos. Los españoles descubrieron con asombro, mucho antes de que se empezaran a apreciar las momias, como los cabellos e incluso las cejas se conservaban en perfecto estado. Celebraban la muerte del emperador ofreciendo en sacrificio a varios de sus sirvientes y cortesanas, los primeros emborrachados con chicha previamente a su sacrificio por estrangulamiento. Se sabe que las cortesanas de Atahualpa, haciendo caso omiso de las peticiones españolas, se suicidaron en masa sobre su cuerpo cuando lo vieron muerto. Garcilazo de la Vega pudo ver a cinco incas momificados; lucían sentados a la manera de los indios, con las manos sobre el estómago y con la mirada mirando a tierra; pesaban tan poco que una sóla persona las podía levantar sin esfuerzo. Algunos historiadores afirman que los emperadores eran sepultados en el Templo del Sol, rindiéndoseles homenaje cada cierto tiempo en días festivos; se les llevaba alimento y bebida, y a veces se los trasladaba para que hiciesen visitas, pues creían que los Sepa-Inca iban a visitar a muertos y vivos a sus casas.

“El Inca, personaje sagrado y semidivino en vida, se convertía en un dios al morir, en igualdad casi con las más grandes deidades del imperio: el Creador, el Sol, el Rayo y la Luna”. Por eso también, eran dueños de terrenos reales, que la familia de la realeza se encargaba de cultivar. Huáscar tuvo grandes problemas con la familia real cuando decidió expropiar las vastísimas tierras de las momias reales, para poner fin a “la intrusión de los muertos en los dominios de los vivos”.

Todos los descendientes del primer emperador (panakas, linaje descendiente del Inca), Manco-Cápac, tenían derecho a llevar el título de Incas, y por ende, a participar en asuntos políticos y económicos. Los panakas, cada grupo de descendientes de los incas, cuidaban de su antepasado común momificado, ofreciéndole sacrificios y cuidando de los objetos que lo rodeaban.

Como el linaje real no alcanzaba en número para cubrir las necesidades administrativas del imperio, otorgaron puestos a “incas por privilegio”, a hombres de ayllus cercanos al Cuzco (entre el valle de Vilcanota y Abancay).

Existía un rito de iniciación entre los jóvenes aristócratas, el huarachicoy (huara: taparrabos), efectuados después de la pubertad y realizado en aras de diferenciarlos de la gente común. Consistía en pruebas mágicas y físicas de resistencia, subir una montaña en grupo, precedidos por la llama blanca y la lanza real, ser azotados, entre otros. Previo al rito de iniciación, ancianos guerreros les contaban hazañas y peligros que habían corrido sus antepasados. Subían entonces la montaña donde se encontraba la huaca que debían adorar. El final del rito se celebraba con la entrega de la huaca, la entrega de armas por parte del “tío principal” y un último azote. También entonces se empezaba la perforación de los lóbulos de sus orejas por medio de clavijas de oro cada vez más grandes, para que con el paso del tiempo pudiesen llevar los discos de oro colgantes, signo de distinción de la nobleza y con el cual el emperador manifestaba su superioridad al llevar el mayor disco de oro.

La organización del Imperio estaba asentada en una división territorial muy clara y explícita: “la dividían en tres partes de las cuales la primera era para el sol, la segunda para el rey y la tercera para los del país”. El primer tercio, consagrado al sol y a sus hijos era cultivado para sostener al numeroso clero y a las múltiples fiestas de sacrificio que llevaban a cabo. El segundo tercio, lo utilizaban para solventar los gastos del gobierno y responder ante cualquier emergencia en alguna de las provincias (como un seguro ante los desastres naturales). El tercero era el de las tierras del pueblo, repartidas anualmente en lotes según el número de miembros. Tal división de la tierra era realizada también cada vez que se conquistaba alguna provincia.

La gente normal no tenía derecho a enriquecerse, vivía en casas modestas, tenía derecho a un cercado, algunos animales domésticos, ropa y algunos útiles. El imperio Inca no practicó la esclavitud en toda la amplitud del término, pero al final del imperio se sabe que varios campesinos eran arrancados de sus comunidades para trabajar las tierras reales. Existía un sistema de tributos no monetario; puesto que en el imperio no circulaba la moneda (ni siquiera en forma rudimentaria como en México y Colombia), los metales no tenían valor más que para el arte suntuario, y la costumbre y las leyes fomentaban el tributo pagado sobretodo bajo la forma de prestación de servicios, especies de mingas a gran escala a los cuales estaban bastante acostumbrados, aunque también debían ofrecer al emperador, por medio de los recaudadores, telas, utensilios y demases. Como el Imperio no conocía otras civilizaciones, su comercio era escaso y nada más que interno, y al no intercambiar bienes no le interesaban estos sino los brazos y piernas de sus habitantes: al Imperio le interesaba construir y cultivar la tierra, y era aquello lo que pedía a cambio de su protección y orden al pueblo Inca.

Al conquistar una nueva provincia, se enviaban funcionarios del Inca a delimitar los recursos existentes, humanos y territoriales. Entonces era efectuada la división en tres partes iguales, elegidas por el Inca. Ningún bien era confiscado, salvo caso de conquista por la fuerza (las tierras pasaban todas a ser propiedad del Imperio), lo mismo que las costumbres locales fueron casi siempre respetadas. Entonces los habitantes de la provincia, además del cambio en las fronteras de su tierra, debían adaptarse a cultivar las tierras del sol (cuyos frutos eran destinados a cuidar de las momias imperiales) y las tierras del emperador, además de las propias; debían también cultivar las tierras de las viudas y de las familias cuyos padres se encontrasen en campaña o trabajando lejos para el Inca. “El régimen predial en el imperio inca se caracterizó...por la oposición entre las tierras comunales y las del Inca y las del Sol”.

Y quedó claro pues tras la conquista, los ayllus pedían dolidos la devolución de sus tierras. También se concedían tierras a la nobleza de cada Ayllu, que pasaban desde ese momento a ser hereditarias e inalienables. Los productos cosechados de la tierra del emperador eran o enviados al Cuzco o almacenados en los graneros a orillas de los caminos, para uso de tropas o funcionarios, en lugares denominados como tambos. En caso de malas cosechas en la zona, estos almacenes proveían de productos y alimentos de emergencia a la población.

Las minas de plata y oro, al igual que los ríos auríferos eran propiedad del Inca, aunque se sabe que los nobles de cada comarca también las trabajaban, debiendo enviar un tributo obligatorio al Cuzco (“el ombligo del mundo”). La coca era cultivada en los valles cálidos, frecuentemente por hombres castigados por algún delito, pues consideraban que trabajar en tales sitios era malsano. El pueblo inca no tenían derecho a cazar en ninguna parte, sólo podían hacerlo el Inca y sus nobles. Organizaban un ejército que incluía a campesinos y salían de caza (chacu), capturando muchísimos animales de una sóla vez. También los rebaños de llamas y alpacas eran controlados por el Inca, limitando la propiedad de animales a un máximo de 10 por jefe de familia. Sólo los rebaños del Sol eran comparables al del emperador. Los curacas (ancianos nobles) tenían un mayor número de animales pero según los favores concedidos al Inca, quien le otorgaba derecho a tener más animales. Claro que también existían rebaños comunales a quienes esquilaban en fechas fijas, siendo repartida la lana a todos por igual.

El Inca, al tener también sus propios rebaños, exigía que se tejieran para él las más finas ropas. Todo adulto casado (hatun-runa) tenía obligaciones para con el Inca: obligaciones de trabajo. Por eso cada cierto tiempo, funcionarios del Imperio visitaban las comunidades y reunían a todos los jóvenes en la plaza pública para observar las uniones; no imponían parejas  pero si resolvían casos de litigio cuando una muchacha era requerida por más de un indio, y en tales casos la separación de cada pareja era muy difícil. Los matrimonios se celebraban según las costumbres de cada Ayllu. La regla para el pueblo era la monogamia, tan sólo los funcionarios imperiales y la casta de los incas tenía derecho a la poligamia; esta última era otro de los símbolos de distinción.

Desde la perspectiva de los tributos, en especie o días trabajados, el estado Inca tomaba en consideración a la familia y no al individuo, debiendo cada núcleo cumplir con idénticas tareas; de esta manera, una familia numerosa terminaba sus labores más pronto, y era considerada entre los lugareños como una familia rica; por eso también, obligaban a casarse pronto a los muchachos.

Además de cultivar las tierras, cada una de las comunidades debía dar mantenimiento de caminos y sistemas de irrigación, el cuidado de los Tambos (sitios de alojamiento y almacenamiento) y de los rebaños; cada una debía proveer de dos corredores para tomar el relevo del correo cada vez que fuera necesario. Así mismo, todas las niñas de 8 a 10 años de edad eran seleccionadas por funcionarios del Imperio, siendo elegidas las más bellas de entre ellas y llevadas a conventos cerca del Cuzco; allí eran aleccionadas en el tejido por mujeres mayores y cuando comenzaba su pubertad eran nuevamente escogidas; las más bellas eran incorporadas al harén del Inca o designadas para los funcionarios o nobles de la realeza, las demás eran hechas sirvientes, sacerdotizas o reservadas para posteriores sacrificios.

El sistema Inca de tributación era muy “respetuoso” de los bienes de los aldeanos, y exigía de ellos nada más que el trabajo aunque fuese un sencillo engaño; en efecto, cuando los aldeanos trabajaban en construcciones o incluso en el cultivo de las tierras del sol o del Inca eran alimentados con productos de los mismos graneros; lo mismo cuando debían entregar las telas, ropas, sandalias a los recaudadores: eran fabricaciones hechas con materia prima del Inca o del Sol. En el fondo lo que se respetaba escrupulosamente eran los beneficios obtenidos por cada familia de sus propias tierras o rebaños. Los grandes trabajos, las mingas reales, se celebraban con grandes fiestas donde después del trabajo se cantaba, danzaba y bebía.

Al parecer las markas procesaban nada más que las telas, mientras que los artículos y joyas de metal debieron ser obra de especialistas; se sabe que eran pagados por el propio emperador o por los nobles, siendo dispensados de trabajar en las mingas. La norma de conducta exigía que cualquier funcionario imperial se presentase ante el inca con un obsequio, y como seguramente ninguno de dichos funcionarios los hacía, debieron tener cada uno de ellos artesanos particulares.

Existía una clase de individuos, los yanas, de condición poco clara, parecida a la de los artesanos del imperio. Al parecer se trataba de individuos sustraídos a la comunidad, o entregados por ella misma para pagar la responsabilidad compartida de un delito; a veces eran también delincuentes apresados. El término era bastante ambiguo pues por una parte eran tratados como esclavos, y por otra algunos llegaban a tener privilegios considerables si es que tenían alguna cercanía con algún señor poderoso (podían incluso llegar a tener concubinas o hasta sus propios yanas). Eran casi siempre sirvientes u obreros especializados, separados para siempre de sus markas, y los yanas privilegiados solo una minoría. Se distinguían los yanas artesanos del resto del pueblo por su alto rendimiento; al parecer, cuando un jefe inca se daba cuenta de su eficiencia, lo llevaba hasta el Cuzco para servir al Inca; no sabemos si los indios lo consideraban un honor o una desdicha pero los historiadores afirman que esa era una manera de debilitar permanentemente a las comunidades, extrayendo de ellas a los hombres más eficientes, las mujeres más bellas y probablemente también, más inteligentes de cada ayllu.

A pesar de la vasta red de caminos al interior del Imperio, el comercio fue siempre reducido.CaminosIncas Eran los funcionarios quienes controlaban el flujo de mercadería, llevando artículos donde faltaban y retirándolos de donde sobraban. Hemos dicho que los sobrantes de cada comunidad se guardaban en parte en los graneros de las orillas de los caminos (los tambos) y un resto era llevado periódicamente a la ciudad imperial y los templos del Sol. Es evidente que si los campesinos no tenían derecho al enriquecimiento y si no existía moneda corriente, el comercio no rebasaba el nivel del trueque. A pesar de las limitaciones, existían mercados como el de Jauja donde los campesinos del sector podían intercambiar ciertos bienes, se sabe que en muchas partes se cobraba un peaje en bienes incluso a los funcionarios imperiales y se ha dado noticias de unos pocos mercaderes que viajaban incluso más allá de los límites del imperio trayendo por ejemplo plumas y hierbas de la selva oriental.

En todo caso, lo cierto es que la economía inca (junto a la distribución de tecnología: irrigación, abonos, puentes, caminos) siempre produjo excedentes en cada una de las comunidades, sin los cuales no podría explicarse el ímpetu constructor de templos y edificios que tuvieron los incas; excedentes que permitían a cada una de las comunidades vivir sin lujos pero sin nada que les falte (en el momento en que algo les faltaba, había un flujo desde otra provincia o desde los graneros del estado que satisfacían las necesidades); era una virtud no despreciable del imperio: la seguridad de aprovisionamiento alimenticia e incluso textil de cada uno de los ayllus frente a las inclemencias de la naturaleza. Por otra parte, tales excedentes también permitían “comprar” con regalos la sumisión de los gobernadores de las provincias.

El sistema administrativo de los incas era muy eficiente; el emperador estaba al tanto de cómo estaba cada una de sus provincias con una o dos semanas de retraso, pero además tenía un sistema de empadronamiento que le permitía saber y disponer de los recursos humanos existentes; el empadronamiento se hacía por medio de los famosos quipus, sistema de cuerdas de colores y nudos que permitían clasificar y contar objetos, animales u hombres de manera eficiente, basando sus cuentas, y su jerarquía, en el sistema decimal y en los colores; existía una clase de funcionario especialmente dedicada a tales tareas, los empadronadores o quipu-kamayoc (aunque sus atribuciones eran variables: “según la ocasión eran generales, ingenieros, receptores de impuestos, policías, legisladores pero sobretodo jueces”). Toda la población masculina entre los 25 y los 40 años de edad era dividida en grupos de 10, 100, 500, 1000 y 10000 individuos, teniendo cada grupo un jefe, y cada jefe un jefe de mayor jerarquía a quien informar; en la cima jerárquica de cada provincia estaba el gobernador, el tukrikuk, quien informaba, se sometía y era designado por el Inca; cada gobernador tenía a su cargo aproximadamente a 40 mil tributarios, más o menos 200 mil personas. Los puestos oficiales crecían en importancia según la cercanía del encargado con el emperador.

El imperio estaba dividido en cuatro regiones (el Tahuantin-suyu): Chinchay-suyu, Cunti-suyu, Colla-suyu y Anti-suyu, cada uno de los cuales estaba gobernado por un apo (jefe), hermano o tío del emperador. La Chinchaysuyu (o Chincha-suyu, Carrión), correspondía a las tierras calientes, a la tierra de los yungas. Mientras que las restantes tres correspondían a las tierras cordilleranas, de sur a norte, hacia oriente: Colla-suyu, Cunti-suyu y Anti-suyu. La Chincha-Suyu, aunque sometida al Inca, no compartía el culto al sol de los hombres de las alturas; el sol era más bien su enemigo, el que calentaba las aguas estancadas y secaba las tierras; los yungas más bien adoraban al mar, y tal perspectiva tal vez explique la buena acogida con que recibieron a los blancos hombres barbudos llegados del mar (Carrión).

Cada región estaba dividida en provincias, gobernadas por los tukrikuk (o tucuricuc, Carrión), también pertenecientes a la casta de los incas, que vivían en la capital de provincia, fundada por el Inca y denominada por lo general con el prefijo Hatun (grande). Luego eran designados los curacas, a cargo de un número variable de ayllus, una de las unidades administrativas del imperio que agrupaba a una centena de hombres (pachaca). Hasta los tukrikuk se requerían familiares del Sepa-Inca, pero del curaca hacia abajo en la jerarquía eran hombres de la propia provincia. Según el útlimo censo inca el imperio llegó a tener 8 millones de seres humanos; los Incas al parecer tenían mucho gusto por la estadística ya que no solamente contaban sino que también clasificaban a su gente.

Una vez al año, por el mes de Mayo, todos los gobernadores provinciales y los curacas de cierto rango debían presentarse donde el emperador; la fecha coincidía con la entrega de tributos, aunque se sabe que al mismo tiempo debían informarle al Inca de su gestión. Cada uno de ellos debía entregarle polvo de oro, plata y piezas de orfebrería en señal de sumisión. Al mismo tiempo el Inca escuchaba las quejas contra sus funcionarios y decidía por su suerte. Si habían satisfecho sus deseos, aquellos recibían a cambio, mujeres, tierras y concesiones de la más diversa índole, como el tener derecho a usar un parasol, a trasladarse en hamacas, a designarlos yonas o a tener el privilegio de beber en copas de oro o de plata, cosas que nadie se atrevía a hacer sin el permiso del Inca. Se regocijaba entonces junto a ellos, entregándoles regalos que otros le habían dado, generalmente obsequios con materiales que él mismo sabía que no se encontraban en las respectivas provincias.

Pero también castigaba a los que según él merecían castigo. Los hijos de los curacas destinados a sucederlos eran mantenidos como rehenes y podían pagar las faltas de sus padres, aunque también se les educaba para ser buenos administradores; lo mismo hacían los faraones y los césares con los hijos de los reyes bárbaros. También los gobernadores provinciales tenían embajadores en la ciudad imperial que debían informar de todo cuanto sucediera en sus respectivas regiones. A pesar de la jerarquía tan estrictamente decimal, el emperador enviaba de tanto en tanto a sus tukrikuk (los que todo veían), integrantes de la casta imperial y encargados de verificar la situación de la región donde eran enviados, haciendo preguntas sobre la conducta de los funcionarios y averiguando sobre los crímenes cometidos en la zona. Si la ocasión lo ameritaba se enviaban jueces especiales a castigar a quienes habían cometido faltas.

Cuando el Inca visitaba las regiones asumía de inmediato todos los poderes, decidiendo trabajos y ordenando castigar las faltas. Los gobernadores provinciales se rodeaban también ellos de consejeros y vigilantes; había por lo tanto jerarquía y cuadros jerárquicos en el imperio Inca, toda una burocracia bien pagada como en todos las monarquías y los imperios.

La justicia se aplicaba según la constitución de cada provincia, pues se cree que no había una constitución de leyes y castigos para todo el imperio, salvo en lo relativo directamente al Inca. Los crímenes mayores: la rebelión o la tentativa de rebelión, la sospecha de embrujamiento del emperador, el robo a las arcas del estado, el negarse a pagar los tributos o el siquiera acercarse a las vírgenes del sol eran juzgados por enviados especiales, y castigados con la muerte precedida de tormentos. Los crímenes y litigios menores estaban a cargo de los jefes de cada localidad, quienes debían resolver pequeñas peleas territoriales o las disputas relacionadas con la distribución de agua; el robo era un delito grave: si alguno se declaraba culpable era apedreado y si reincidía era apedreado hasta la muerte (a menos que hubiese robado por necesidad).

Sin embargo, todo juicio dictaminado o ejecutado debía ser informado a los respectivos jefes jerárquicos, con lo que el Inca llegaba a estar informado hasta de los más pequeños detalles de las provincias más alejadas. Se usaba la tortura para obtener confesiones y en caso fallido se recurría a la adivinación. A quienes eran encontrados culpables se les dejaba caer una gran piedra en la espalda.

La estrategia usada por los incas para evitar actos masivos de rebeldía era la deportación; lo primero que hacían cuando iniciaban la dominación de un área recién conquistada era enviar a familias leales, colonos con atribuciones especiales (mitimas), que durante dos años organizaban la producción y tomaban legalmente algunos recursos del estado; tras aquellos dos años la nueva localidad se volvía independiente quedando plenamente integrada al imperio. Pero si se sospechaba de rebeldía incontrolable se realizaban deportaciones masivas de las aldeas a diferentes regiones leales, y los conquistados perdían toda posibilidad de volver a su zona de origen.

La tendencia a considerar el imperio Inca como una brillante y justa civilización ha ido siendo desplazada por aquella que la considera como un cruel sistema despótico, dudando incluso de la eficacia de su administración.

Cuando más se impresionaron los españoles con los Incas, además de la inaudita cantidad de metales preciosos hallados, fue cuando pudieron apreciar la excelente red caminera que se distribuía por todo el imperio, que llegaba hasta el río Maule (Chile central) y que incluso disponía de una ruta por valles, montañas y precipicios desde Ecuador hasta Argentina. Canales de agua a lo largo de las rutas, anchas carreteras (que permitían el avanzar de ocho caballos a lo ancho), rutas secundarias empedradas; se ha estimado en 16000 kilómetros la red de caminos construida por los incas; lo que los investigadores no han entendido hasta ahora es el "paraqué" de rutas tan anchas, sólidas y uniformes si solamente estaba destinada a peatones y a llamas. Ven en ello la prodigalidad y hasta el desperdicio de la mayor fuerza del imperio: “la fuerza, paciencia y tiempo del Hatun-runa, el campesino andino”.

Quien conozca la cordillera de los Andes comprenderá que no era fácil ingeniárselas para atravesar empinadas quebradas o torrentosos ríos, sobretodo si en muchas zonas no existen ni existían árboles y si los Incas no conocían el arco; fabricaban puentes de cabuya de pajonal que tejían las mujeres y que cada comunidad debía cuidar y reparar constantemente. Así mismo, cada 15 o 20 kilómetros de camino (o por cada jornada de camino) existía un Tambo capaz de cobijar a gobernadores o incluso al mismísimo Inca. Cuando los conquistadores se dieron cuenta de la utilidad de tales albergues hicieron una muy completa lista que identificaba a cada uno de ellos.

Otro punto crucial a la hora de juzgar la administración Inca es su servicio de correo, por medio de los chasqui (corredor), que cada comunidad se encargaba de escoger: partía el chasqui con el correo y con un cuerno avisaba de su llegada al siguiente de la comunidad más próxima de modo que tuviera tiempo de prepararse. El sistema era tan eficaz que el emperador podía enterarse de las noticias traídas de Quito (a 5000 Km de Cuzco) en a penas cinco días.

Pero los investigadores modernos tienen quizás razón en quitar a la civilización Inca la aureola de socialismo, sobretodo cuando se considera que los excedentes de producción no estaban destinados al conjunto de la población sino tan sólo a una casta privilegiada; “el colectivismo agrario no existía más que a nivel de los ayllus” y la ayuda a viudas y enfermos jamás estuvo a cargo del Estado sino que era una responsabilidad de cada comunidad. El autor enfatiza que el casi perfecto sistema administrativo tiene también ejemplos fuera del nuevo mundo, en África por ejemplo, y que cualquier civilización sin escritura podría alcanzarlo con el tiempo.

Propone que la civilización Inca obtuvo tanta fama de justicia probablemente por las condiciones posteriores a las que sometieron los conquistadores a la población indígena. Pero aunque critique que el sistema de seguridad social, que a mi me parece la virtud más brillante del imperio, como sostenida por cada comunidad y no por el estado, se olvida que el imperio actuaba con igual celeridad a la hora de ayudar a comunidades enteras que enfrentaban el peligro de malas cosechas o de climas en extremo adversos. En ese sentido el Imperio Inca resalta como una de pocas civilizaciones que no han dejado, por ningún motivo, morir de hambre a ningún integrante de su territorio.

Para finalizar con el capítulo, vamos a mencionar algunos aspectos de la arquitectura inca. Lo que llama la atención es el diseño cuadricular de las ciudades incas; tuvieron un modelo de urbanismo bastante parecido al español, sobretodo al de Andalucía: callecitas estrechas cruzándose siempre en ángulo recto, casas de un piso a lo más conformando espacios rectangulares delimitados por murallas, grandes plazas... Aunque lo cierto es que las ciudades incas no eran más que “un conglomerado de villorrios y burgos dispersos entorno a los templos y residencias reales”. Por tales motivos es que no se han encontrado rastros de las cabañas del personal subalterno, que con seguridad deben haber sido de adobe.

Pared IncaTodas las construcciones incas han tenido una forma bastante simple, como si fueran construcciones a gran escala de las mismas casuchas del campesinado: cuatro paredes, un techo en punta, una puerta y algunos nichos interiores, incluso las construcciones más sagradas tenían el mismo diseño. Pero la simplicidad de la forma contrasta en cambio con la habilidad única de los incas para disponer a la perfección las piedras que conformaban sus templos y palacios, es decir, lo que las construcciones incas pierden en simpleza lo ganan con los detalles de sus acabados que hasta nuestros días aún sorprenden, sobretodo por el tamaño de los enormes ladrillos de piedra que en las mejores construcciones encajan a la perfección unos con otros, dando a los muros una apariencia lisa. Los materiales provenían por lo general de canteras próximas a los sitios de construcción; utilizaban instrumentos de cobre o bronce para pulir los bloques, que además eran posteriormente sometidos a desgaste por fricción con arenilla húmeda.

La principal característica de su arquitectura es la forma trapezoidal de las puertas, ventanas y nichos, así como la limitación en altura de todas sus construcciones. Los edificios eran en su mayoría todos de un solo piso, salvo los de Machu Pichu que alcanzaban los dos pisos y la excepción de tres pisos del templo de Viracocha. Pocos españoles lograron apreciar el Cuzco con todo su esplendor, puesto que fue asolado por terremotos o por incendios; los mismos indígenas se encargaron de destruirlo todo cuando comprendieron que estaban derrotados. Pero a partir de unos pocos relatos se pueden extraer observaciones interesantes; según Pedro Sánchez de Hoz, el Cuzco era una ciudad inmensa que ni en ocho días podría recorrerla toda, no vivía gente pobre, y las construcciones eran todas magníficas, aunque los caciques no las habitaban en forma permanente; habían también casas de adobe, estaban todas muy bien ordenadas; las calles todas pavimentadas y con acequias, aunque demasiado estrechas pues podía andar a lo ancho nada más que un caballo; parte de la ciudad está en la montaña y la otra en la planicie; hay una gran plaza con cuatro grandes mansiones donde viven los incas de mayor rango, pintadas y con piedra labrada. “La ciudad estaba rematada por la fortaleza de Sacsahuaman”, que al parecer no tenía nada que envidiarle a las pirámides de Egipto. Los bloques eran gigantescos, algunos con más de cuatro metros de altura, y todos ajustados con sus vecinos a la perfección; era una ciudadela fortificada que contenía en su interior cisternas, palacetes y arsenales llenos de armas.

Si te gustó compártelo:
 
 

1.- Antes de los Incas
2. Los emperadores Incas

3. El campesinado inca

4. Casta y organización de los Incas

5. La Religión Inca

6. Los Incas después de la conquista

7. Renacimiento y decadencia de los Incas

Glosario

Suscríbete a Hipernova!!
(es gratis, rápido y confiable!)

Ingresa tu email:

Delivered by FeedBurner


Google


Artículos:

Las energías renovables y el abastecimiento futuro
Este tipo de energías no podrán por si solas abastecer la demanda y cuidar el medioambiente
El dólar en El Salvador y Ecuador
Su evolución es estos dos países, las metas inflacionarias, ¿resultó?
La Influenza
Desde la pandemia de 1918 hasta las más recientes investigaciones.
El cacao
Su producción, su flor, su árbol y mucho más.
Dieta y longevidad
Comer menos alarga la vida, ¡está demostrado!
Plantas medicinales del Perú

Según el cronista español Manuel A. Fuentes (1861)
¿Gasolina producida a partir de CO2?
Un descubrimiento prometedor!
Pancho Villa.
Breve historia del héroe Mexicano
Resumen de la Ley de Drogas y Estupefacientes (Chile)
(lo legal y lo ilegal, conoce tus derechos)
El cigarrillo y la nicotina
Sustancias nocivas y un inesperado efecto benéfico de la nicotina.
El arsénico.
Veneno y ¿remedio?
Andrés Bello.
Breve reseña de su vida y su obra
Flores, jardines y parques
(fotos)
Yo soy Pablo Neruda

(video)
Entrevistas a Salvador Dalí
(videos)
Colección de fotos de Monos
(fotos)
Valparaíso Antigüo
(fotos)
Pinturas Surrealistas de pintores vivos
(fotos)
Fotofusión con Photoshop
(fotos)
La ciencia primitiva
(rituales, plantas, matrimonios, costumbres, entierros, una buena intro para conocer el mundo aborígen)
La historia de los mapuches

(cómo vivían, se organizaban, festejaban...)
La historia del LSD

(contada por su descubridor: Hoffman)
La vida, un estadio intermedio
(la evolución: desde las partículas subatómicas hasta las sociedades)
La vida de las abejas
(de las reinas, los zánganos, las nodrizas, las recolectoras...)
La ética protestante y el espíritu del capitalismo
(la incidencia de la religión en la economía de los países)
Historia de la vida cotidiana de los antiguos romanos
(la vida de los esclavos, de los niños, de las mujeres, de los patronos...)
Historia de los incas
(su agricultura, sus dioses, su sistema administrativo y su encuentro con los españoles)
El planeta viviente
(la vida de nuestro planeta según sus ecosistemas, descritos uno por uno en forma resumida)
Historia del Budismo
(el origen de budismo, sus ramificaciones, su doctrina, sus grandes pensamientos)
Historia de los libertadores de sudamérica.
(el proceso independentista suramericano, su gesta, su desarrollo, sus grandes hombres)
Caníbales y Reyes
(la historia antropológica de la humanidad, los porqués del canibalismo, de la agricultura, de la guerra o del estado)

 

 

 
 

¡Únete a la campaña!

Un Techo Para Mi País

No más niños con frío, no más casitas de cartón sin alcantarilla, AYUDA a construir casas en Chile, México, Argentina, El Salvador, Colombia, Costa Rica, Brasil, Perú o Uruguay

 

 

© 2007 - 2012 Hipernova.cl | Derechos de copia reservados | Contacto |

visitas desde la creación del sitio