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Historia del Imperio Inca después de la conquista española

Tras la muerte de Atahualpa en Cajamarca los indígenas andinos se mantuvieron incomprensiblemente dóciles. Hubo que esperar el atrincheramiento de Manco Cápac para que la historia presenciase la primera revuelta inca. En un principio Manco había sido un importante aliado de Pizarro en la captura de Atahualpa, su medio hermano, luchando en su contra al sumarse al bando de los españoles; fue entonces nombrado emperador de los Incas ante la venia de Pizarro.

Entre 1533 y 1536 asumió tibiamente sus funciones aunque ningún miembro de la nobleza indígena profiriese el respeto que antaño tenían por el soberano. Manco, hijo de Huayna Cápac se vio envuelto en las riñas entre Pizarro y Almagro, y se le acusó de sublevar a los indios. Fue entonces apresado, primero en su palacio y luego en Sacsahuamán. Fue humillado por los guardias, quienes lo escupían y orinaban, y quienes además habían violado a sus mujeres en su presencia. Lleno de odio, planeó su fuga prometiendo oro, con bastante éxito puesto que logró refugiarse en el valle del Yucay.

Allí alzó a los indios, en su mayoría campesinos, y reunió un ejército que fuentes españolas aseguran era de cuarenta mil hombres. Se dirigió al Cuzco con todos ellos, a enfrentar a doscientos españoles; ya los habían visto sobre las laderas de las montañas aproximándose, pero Manco, fiel a las costumbres guerreras de su pueblo, esperó por la luna llena para iniciar el ataque. No dudaron en quemar todas las casas de Cuzco cazando a los españoles, a quienes trataron de acorralar en la plaza central.

Desesperados, los españoles, que contaban con caballos y arcabuces, lograron apoderarse de la fortaleza de Sacsahuamán. Allí se atrincheraron y resistieron los embates indígenas. Manco Cápac, que ya sabía que los caballos eran la principal fortaleza de los españoles, se había preparado de antemano armando con boleadoras a sus guerreros; los indígenas llegaron a capturar algunos caballos, y se dice que Manco montó uno de ellos lanza en mano. Pero quizás fue la táctica usada por el Inca rebelde la que causó su derrota; en vez de darles la estocada final a los españoles, sitió la fortaleza.

Lo insólito es que poco a poco los indígenas, que eran más campesinos que guerreros, se fueron retirando a sus campos de origen pues llegaba el tiempo de la siembra y no querían quedar sin cosecha. Entonces Manco cambió de esquema y se refugió en Ollantaytambo, de donde fue desalojado poco tiempo después. Se alejó un poco más y se estableció en Vitcos, antigua fortaleza militar en un lugar de difícil acceso. Fue la capital de la disidencia Inca por más de cuarenta años. El reducto estaba tan escondido que no fue redescubierto hasta 1908, cuando un senador norteamericano (Bingham) emprendió su búsqueda, encontrando a su paso las ruinas de MachuPichu.

Manco Capac hostigó a los españoles durante cuarenta años; restauró la soberanía del Inca, aunque con menos fastuosidad. Desde su reducto estaba enterado del acontecer de los españoles en Cuzco, pues enviaba constantemente fieles espías a investigar o incluso a adquirir armamento, probablemente intercambiado con comerciantes; destruía las cosechas de los propios indios del Cuzco con la esperanza de matar a los españoles de hambre; interceptaba los correos rompiendo los lazos de comunicación de la gente de Pizarro con Lima, que entonces no era más que un pequeño reducto; Pizarro tuvo entonces que fundar Ayacucho, entre las dos ciudades, para no perder la comunicación.

Pero la prolongada rebeldía de Manco Cápac y unos pocos nobles resignados a vivir sin tantos placeres fue infructuosa. Durante esos tiempos, Pizarristas y Almagristas seguían en sus batallas de poder; huyendo en dirección a Victos algunos de los hombres de Almagro, quien había asesinado a Francisco Pizarro, se encontraron con hombres de Manco, que en seguida los condujeron donde el emperador rebelde; Manco los acogió muy bien al saber que eran partidarios de Almagro, planeando desde ya su venganza contra la familia de Pizarro. Los españoles lo encontraron desprevenido y le dieron muerte, aunque ninguno de ellos logró salir con vida de la fortaleza.

Los nobles incas coronaron entonces a su hijo Sayri-Túpac como emperador, de diez años de edad; los españoles trataron por todos los medios de conquistarlo haciéndole ofrecimientos; cuando alcanzó la mayoría de edad accedió; fue recibido por el virrey y la nobleza inca que permanecía en Cuzco, resignada con la presencia de los españoles, y se le permitió vivir en cualquiera de los dos palacios asignados. Fue muerto en 1560, en el valle de Yucay, se supone que envenenado.

Entonces otro hijo de Manco, Titu-Cusi, siendo sacerdote del sol se hizo proclamar Sepa-Inca, cuando en realidad le correspondía tal puesto a su hermano menor Túpac-Amaru, quien fuera recluido en el convento de las vírgenes del sol. Titu-Cusi ofreció menor resistencia que su padre; sus guerreros no se dedicaron más que a robar en las haciendas aledañas y se dice que sus conversaciones con los españoles transcurrieron siempre con sus pedidos de acceder a los mismos derechos que su hermano. No residió en el Cuzco sino en la misma Victos, y a medida que las conversaciones con los españoles se multiplicaban accedió a que un par de españoles entraran en su territorio.

Los recibió amenazante, desafiando a los españoles que subieran a pelear; pero finalmente resultó una tendencia ambigua de su parte, pues al parecer deseaba la paz en su territorio; a tal punto que se hizo bautizar y aceptó a dos agustinos en su territorio. Poco tiempo después cayó enfermo y le pidieron a uno de los dos curitas que como eran enviados de Dios que lo curasen. El cura accedió pero falló, por lo que recibió torturas y le dieron muerte. No quedaba más que el hermano de Titu-Cusi, ya fallecido, para ascender al trono: Túpac-Amaru, quien fue mandado a buscar de donde las vírgenes del Sol. Como los españoles ya sabían como llegar a Vitcos fue prontamente capturado y decapitado en la plaza de Cuzco. Fue el último descendiente del linaje Real.

Indígenas con viruelaLa conquista española se afianzó desde entonces con pasos crueles; entre 1561 y 1794 la población indígena de Perú y Bolivia se redujo de una estimación de 1.500.000 hombres a poco más de 600.000 y aunque no se le puede echar la culpa únicamente a las matanzas o a la esclavitud en las minas y curtiembres, pues la mayoría murió por las enfermedades introducidas por el contacto entre continentes, los españoles fueron sin duda muy crueles. Los relatos que nos llegan no solamente provienen de nobles defensores de los indígenas como Bartolomé de las Casas sino también de numerosos testimonios de colonos e incluso de soldados. La corona española exigió la evangelización de los indios pero también estableció leyes en su defensa, que sin embargo no fueron obedecidas.

La viruela, o incluso simples gripes fueron letales para la población nativa que no tenía la sangre inmunizada contra las enfermedades europeas. Las guerras civiles entre los propios españoles y la lucha contra Manco Cápac también ocasionaron grandes bajas, así como el colapso agrícola  que siguió a la conquista, haciendo perecer de hambre a gran cantidad de indios. Se estima que en los treinta años posteriores a la conquista más de la mitad de las familias del imperio Inca murieron.

El dominio de los españoles se estableció por el sistema de encomiendas, en el que a un hombre que se había distinguido para la corona española se le asignaba una porción de territorio americano con algunos villorios que cuidar y administrar, teniendo derecho a exigirles tributo, o en caso de falta de aquellos, utilizar la prestación de servicios de los indios bajo su dominio. Para evitar los abusos y la corrupción, la corona envió también corregidores, encargados de supervigilar la administración de las encomiendas.

A la larga fue peor; los indígenas, además de pagar tributos a los encomenderos, debieron también tributar para los corregidores, y con el tiempo también, a los sacerdotes. Los indios peruanos no murieron en guerras pues su rebeldía fue escasa y poco duradera, murieron como dijimos, principalmente por enfermedades pero también por explotación excesiva. Los trabajos en las minas de plata de Potosí o de mercurio en Huancavelica extenuaron hasta la muerte a numerosos indígenas; se estima que más de un séptimo de la población de lo que hoy es Perú trabajó en aquellas dos minas.

La conquista también rompió con el orden social y territorial del imperio. El virrey Francisco de Toledo reordenó la distribución humana del territorio; muchos ayllus desaparecieron y otros poco crecieron en tamaño; con ello desapareció la cohesión existente entre los ayllus: “quedaron olvidados los dioses tutelares y los antepasados, abolidos los títulos de propiedad, y privadas de su potestad las antiguas autoridades indígenas”, quedando la gran mayoría de los indígenas agrupados en “aglomeraciones artificiales”.

Los españoles se aprovecharon también de algunas costumbres incaicas como aquella de la mita, servicio personal que los runas debían al inca. Los mitayos nunca imaginaron que los nuevos señores no respetarían como antaño las reglas de trabajo y retribución. “Cuando les llegaba el turno de subir a la mina, permanecían en ella cinco días y cinco noches seguidas agrupados en equipos de tres hombres, dos de los cuales comían y dormían mientras el otro excavaba y transportaba el mineral...de cada hombre se exigía que entregara veinticinco sacos de cincuenta kilogramos de mineral en doce horas...como no podían satisfacer estas cuotas, pagaban por su cuenta a algunos ayudantes con merma de sus magros salarios...la compra de bujías incumbía a los obreros...en su mayor parte, los indios, inevitablemente endeudados, se convertían de hecho en esclavos y quedaban atados a la mina”.

La mita de la mina no fue la única prestación; en poco tiempo nació también la mita de las curtiembres, que ofreció peores condiciones de trabajo que las minas, a tal punto que muchos preferían trabajar en las minas; las curtiembres recibían “delincuentes” como mano de obra, y también niños, para no tener que pagarles el salario completo; trabajaban más horas que las reglamentarias, estaban mal alimentados y permanentemente aterrorizados por los guardias de los obrajes. El servicio de correo también fue degenerado; los habitantes de los caminos estaban obligados a dar alojamiento y comida a los españoles, quienes no hacían más que “ultrajarlos” durante su estadía.

Evidentemente, cuando Pizarro conquistó los territorios andinos tuvo también la misión de evangelizar a los indios. En una primera instancia todo parecía indicar que los indios estaban completamente conversos al cristianismo; como la idea de un Dios todopoderoso no les resultaba para nada extraña, la nobleza inca se sometió dócilmente, se dejó bautizar y asistió a las misas. Pero a principios del s. XVII los españoles se fueron dando cuenta que sobretodo el pueblo continuaba siendo igual de pagano, que seguía practicando sus danzas y cantos (taquis), que adoraba con cierto disimulo a las huacas y que Inti seguía siendo su verdadero Dios.

La iglesia, que no tardó mucho en asentarse en los Andes, combatió entonces enérgicamente todo intento de idolatría, frecuentemente con la crueldad que la caracterizaba desde hacía ya un tiempo en España. Envió visitadores con notarios y ayudantes a muchas comunidades con el fin de abolir la idolatría, conseguir confesiones y castigar por medio de sus jueces eclesiásticos a todos los herejes. Las “visitas” se prolongaron hasta entrado el s. XVIII sin conseguir a su pesar resultados exitosos; bajaron los brazos derrotados al darse cuenta que los indios seguían venerando a sus propios ídolos, aunque a hurtadillas.

Se sabe que la iglesia católica fue igual de cruel que los corregidores, y que dio numerosas muestras de racismo; a pesar de la ordenanza papal, nunca aceptó un cura indio en sus iglesias, ni a todo aquel que tuviera sangre indígena recorriendo su cuerpo. Sin dar instrucción religiosa a los indios, si les exigió per contra, su prestación de servicios. Los pecados eran expiados con un numero fijo de azotes: 300 por bailar o cantar “a la manera antigua”, 50 por concubinato, 24 por eludir la confesión o la misa.

Finalmente, el historiador señala que el saldo no fue completamente negativo; mal que mal, hubo intercambio cultural: vegetales europeos conocieron suelos americanos y viceversa, se introdujo la moneda como bien universal de intercambio y surgieron diversos oficios que en Europa eran hace mucho tiempo conocidos: talleres de orfebrería, de muebles, de vidrio o de telas al estilo Europeo acogieron a numerosos runas.

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Basado en:
Los Incas
Alfred Métraux
Atahuallpa
Benjamín Carrión

1.- Antes de los Incas
2. Los emperadores Incas

3. El campesinado inca

4. Casta y organización de los Incas

5. La Religión Inca

6. Los Incas después de la conquista

7. Renacimiento y decadencia de los Incas

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