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La Religión Inca

Representación del hombre Sol: IntiEl Dios Sol, Inti, fue desde los principios el Dios más reverenciado, a quien se ofrecía el mayor número de tributos, mujeres y de sacrificios, que como ahora sabemos, iban a parar a la casta de los sacerdotes y a la familia real. Incluso los emperadores le rendían tributo tras conquistar nuevas tierras. En toda región conquistada se levantaba algún altar en su nombre; frecuentemente la adoración a Inti (Dios principal) y al Sepa-Inca (soberano, rey, emperador) eran confundidas.

La religión Inca respetaba las creencias y costumbres de cada comarca, pero también exigía que se le rindiese homenaje a Inti, Dios principal, y que se entregaran los debidos tributos. La imposición de Inti iba de la mano con las conquistas territoriales. El más famoso de sus templos era el Coricancha, en Cuzco, que brillaba sobretodo por todo el oro con que estaba adornado, aunque su construcción estructural no presentase demasiada refinación: el plano era idéntico al que presentaban las construcciones de las casas familiares. En su jardín se realizaba la fiesta de la siembra, cuando el emperador sembraba simbólicamente pepas doradas de maíz, que pasaron a formar parte del inventario del rescate de Atahualpa, y que dio origen a algunas leyendas que afirmaban que todo en el jardín era de oro: árboles, hierbas, flores e insectos.

Existía sin embargo otro Dios mayor, Viracocha (que significa “mar de aceite”), el Creador, cuyo culto fue introducido por el emperador Pachacuti tras soñar con él antes de la batalla de la conquista de los Chancas. Pachacuti instauró su culto e incluso desplazó a Inti como Dios supremo por un tiempo, adquiriendo Viracocha una importancia súbita tras la ascensión de Pachacuti, quien era su protegido; el emperador hizo que se le ofrecieran tributos y se le rindiese culto, e hizo construir una estatua del tamaño de un niño de diez años con el dedo índice extendido, como quien ordena.

Algunos historiadores han afirmado que la existencia del Dios creador se remonta a la civilización Tiahuanaco, pero según el autor es la representación de un mismo Dios que se ha venerado en toda América, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego: el Dios creador y héroe civilizador. El gran Dios crea todas las cosas, instaura leyes, enseña técnicas a los hombres, y luego se retira no sin anunciar su retorno; tal es la constante.

ViracochaViracocha hizo primero el cielo y la tierra, además de una humanidad que vivía en las tinieblas; castigó a esta última por alguna falta (no especificada) y la convirtió en figuras de piedra. Luego salió del lago Titicaca donde reposaba, y creó Tiahuanaco, creando en la piedras gente con jefes para gobernarlas, mujeres embarazadas y niños, ordenándoles que se establecieran en lugares que el mismo había señalado. Abandonando su función creadora, se hizo civilizador, dispuso leyes y enseñó las artes. Finalmente, cuando todo marchaba bien, recorrió los Andes con un misterioso compañero, el “Engañador” de las mitologías indígenas, timador y estúpido que se opone al héroe civilizador (se cuenta que Viracocha, antes de crear todas las cosas, tuvo un hijo muy malo llamado Taguapica, que siempre contradecía a su padre, destruyendo lo construido y secando sus fuentes). Después de varias andanzas que explicaron muchas cosas naturales, Viracocha extendió su manto sobre el océano, se posó en él y desapareció en el horizonte buscando el sol poniente.

Según textos escritos por misioneros e indígenas que plasmaron los cantos al Creador, Viracocha era el creador del Sol y de los otros dioses, de los hombres y del alimento. Quizás uno de los textos más representativos es aquel que logró escribir el indígena Yamqui Pachacuti en el siglo XVII:

“A Viracocha, poder de todo lo que existe, sea masculino o femenino. / Santo, Señor, Creador de la luz naciente, / ¿Quién eres? ¿Dónde estás? /  ¿no podría verte yo? En el mundo de arriba, en el mundo de abajo, / ¿en qué lado del mundo se encuentra tu poderoso trono? / ¿en el océano celeste o en los mares terrestres, en dónde habitas? Pachamachac, Creador del hombre. / Señor, tus servidores con los ojos manchados desean verte... / El sol, la luna, el día, la noche, el verano, el invierno, no son libres. / Reciben tus órdenes, reciben tus instrucciones. / Vienen hacia quien ya es ponderado... / ¿a dónde y a quienes has enviado el brillante cetro? / Con boca jubilosa, con lengua jubilosa, de día y de noche tu llamarás. / Gozoso, tú cantarás con voz de ruiseñor. / Y tal vez para nuestro regocijo, para nuestra buena fortuna, en no importa qué rincón del mundo, el Creador del hombre, el señor todo poderoso te escuchará... / Verdadero en lo alto, verdadero en lo bajo, Señor, modelador del hombre, poder de todo lo que existe, único creador del hombre, diez veces yo te adoro con mis ojos manchados. / Qué esplendor!.../ Vosotros, ríos, cascadas, vosotras aves / dadme vuestra fuerza y cuanto podáis, ayudadme a clamar con vuestras gargantas, con vuestros deseos, y nosotros, recordando todo, alegrándonos / seremos dichosos. Y así, llenos, partiremos”. La prohibición de los cultos del Sol y de Viracocha echaron al olvido muchos rastros de música genuinamente incáica, y lo que hoy se conoce como tal no son más que creaciones musicales posteriores.

Después de Inti y Viracocha, le seguía en importancia y veneración Illapa, el Trueno, el dios del rayo, del granizo y de la lluvia. Recorría los cielos y estaba representado por la Osa Mayor, sentado a veces en las orillas de un río (la Vía Láctea) donde recogía el agua para derramarla luego sobre la tierra. También se le veneraba y erigían monumentos, sobretodo en las cimas de las montañas, con especial atención durante los períodos de sequía; era acarreado sentado, como se lo hacía con el Inca, en un palanquín con incrustaciones de oro.

La luna era adorada como hermana y esposa del sol, representada también con un disco pero de plata. Los astros nocturnos eran reverenciados por la creencia de dioses que aseguraban la prosperidad de los rebaños; así, la constelación de Lira era el dios de las Llamas, la de escorpión representaba un felino y las Pléyades era la madre. Además de los tres dioses principales también se rendía culto, como ya fue mencionado, a innumerables huacas que eran consideradas sagradas; aquellas podían ser tanto grutas, montañas, lagos y piedras como templos, tumbas o pilares. Por lo general, todo lugar donde había pasado o reposado un Inca era declarado huaca, por el mismo, o por la gente de las comunidades. “La huaca, fuera lo que fuese, era un objeto sagrado. Tenía una fuerza sobrenatural con la que era conveniente conciliarse”. Por eso se creía de algunas huacas, grutas por lo general, que eran el origen del granizo o de los temblores de tierra; por eso se le ofrecían holocaustos o telas preciosas. Habían cerca de quinientas huacas en las proximidades del Cuzco.

Los incas solían no desprenderse nunca de ciertas figurillas de piedra que representaban algún Dios; se trata de las conopas, “hermanas de los incas”. Pachacuti llevaba una de Illapa.

Los meses de los incas seguían a la Luna por lo que tenían dificultades para hacerlos concordar con el calendario solar, decisivo a la hora de las siembras. Por eso Pachacuti mandó construir en Cuzco cuatro torres que según la época del año, anunciarían el momento adecuado para la siembra.

Numerosas fiestas alegraban la vida de los incas, por lo general duraban algunos días en cada mes y hasta semanas para las fiestas más importantes, como para el término de grandes trabajos o para la celebración del Dios Inti; ésta última coincidía con la veneración al Inca, el Inti de la tierra, durante el solsticio de Invierno austral, en Junio, que los indígenas andinos llamaban Inti Raymi. Durante el festejo el Inca se hacía acompañar por sus familiares y esperaba al sol con los pies desnudos; cuando aparecían los primeros rayos todos se postraban; luego el Inca se levantaba con los brazos extendidos y le arrojaba besos; llenaban dos copas con licor de maíz y ofrecía una de ellas (la derecha) al sol; todos saltaban de júbilo cuando el Inca derramaba la copa en señal de que Inti la había aceptado.

Otra gran fiesta era la de septiembre, llamada Sitowa, en que el pueblo se purificaba y expulsaba todos los males; cuatro grupos de cien guerreros completamente armados empezaban a correr hacia los cuatro puntos cardinales en señal de persecución; varias leguas más allá plantaban sus lanzas y con ello quedaba establecido que los males no pasarían de ese lugar. El pueblo también imitaba tal rito cazando males imaginarios en el aire. Los guerreros luego se bañaban ellos y a sus armas en los ríos para limpiarse de todo mal. Los habitantes de la ciudad perseguían con las antorchas a los males de la noche, sobrevivientes de los que habían escapado a las lanzas del día. Todos festejaban con cantos y bailes y terminaban la fiesta con un baño en el río, expulsando a viva voz a todos los males y pidiéndole a los Dioses un buen año.

Preparaban una pasta de maíz (sanko) con la que frotaban sus cuerpos y las entradas y alacenas de sus casas, “con la esperanza de expulsar enfermedades y debilidades". Estatuas, templos, fetiches y momias recibían la misma “profilaxis”. Durante la ceremonia acostumbraban sacrificar llamas blancas que dejaban desangrar para posteriormente mezclar su sangre al sanko. Todos, sacerdotes, mujeres, enfermos y niños comían al menos un pedazo de sanko santificado.

El sacerdocio incaico estaba estructurado en base a una jerarquía muy parecida a la real y administrativa; también tenía un gran jefe, el Viraoma, el gran sacerdote del Sol, generalmente tío o hermano del Sepa-Inca. Los sacerdotes que lo ayudaban en sus labores eran todos miembros de la nobleza. Cumplían diversas funciones, y al parecer eran llamados según aquellas: médicos, adivinos, confesores o inmoladores.

Los curacas de las provincias enviaban hombres escogidos para formar parte del sacerdocio, así como también mujeres de las más lindas, enviadas para una selección que quizás las conduciría hasta donde el Inca. Se trata de las aclla-cuna, mujeres escogidas, las famosas vírgenes del sol. Su destino era variable; si no eran escogidas para formar parte de las concubinas del Inca, o destinadas como regalo al harem de algún noble, eran sacrificadas en el altar de los dioses o destinadas al convento, donde pasarían su vida preparando chicha para las ceremonias, o alimentos especiales, o hilando tejidos muy apreciados, los kumbi, de lana de vicuña. Cada convento de las aclla-cuna tenía como responsable a una mujer que era considerada como esposa de Inti. El convento de Cuzco constaba con más de mil quinientas mujeres.

Todos los incas, incluida la casta real, eran en muy supersticiosos, tanto era así que las artes adivinatorias eran un recurso judicial cuando no se obtenían las confesiones que aclarasen los casos. “Si la lluvia se hacía esperar, si una helada maltrataba una cosecha, si el emperador estaba enfermo, todos estos eran signos de que se hacía indispensable una confesión y una expiación para restablecer el equilibrio de la naturaleza”. Algunos sacerdotes invocaban a los espíritus para encontrar algún objeto perdido, para ver el porvenir o para encontrar algún culpable viendo el pasado. La más impactante de aquellas consultas era el llamado a los muertos por medio de un brasero; antes, se sacrificaban llamas blancas, objetos de oro o plata o incluso niños. Las consultas realizadas por medio del fuego eran hechas sobretodo para desenmascarar a los traidores. A veces era toda una comunidad que debía ser confesada.

Cuando se trataba de pequeñas adivinaciones a particulares leían “la marcha de las arañas, la disposición de las hojas de coca o el correr de la saliva por sus dedos”, o también recurrían a tiradas de maíz interpretando las cosas según si salían pares o impares; pero cuando se trataba de leer la suerte del imperio recurrían a las vísceras animales, soplando por ejemplo por la tráquea e inflando los pulmones, de manera a poder leer sobre las venas.

Los rebaños y los campos del Inca bastaban con creces para satisfacer las necesidades de los sacrificios, mientras que los particulares que requiriesen reconciliarse debían echar mano a sus propios rebaños. “El sol pedía llamas blancas, Viracocha las pedía pardas e Illapa, animales bicolores”. La sangre de dichos animales era recogida en vasijas conteniendo harina de maíz, que posteriormente se arrojaba al viento, hacia los cuatro puntos cardinales, como ofrenda, y luego ofrecida a comer a los presentes.

Antiguos historiadores como Garcilazo de la Vega, trataron de no darle demasiado énfasis a los sacrificios humanos; pero aunque se sabe no gozaban de los sacrificios como los Aztecas, si recurrían frecuentemente a víctimas humanas, que por cierto eran parte del tributo de cada comunidad; frecuentemente niños y mujeres. Los sacrificios humanos se realizaban sobretodo ante grandes acontecimientos como los terremotos, el advenimiento de un nuevo Inca o un eclipse de Sol o de Luna. Los niños a sacrificar debían ser perfectos, cualquier mancha en la piel los descalificaba; se los alimentaba bien antes del sacrificio, y se los vestía espléndidamente. Se los embriagaba con chicha momentos antes y luego eran enterrados vivos. En raras ocasiones se les extraía el corazón (a la manera azteca), y se dibujaba con sangre una línea de oreja a oreja sobre el ídolo venerado. También algunas jovencitas eran sacrificadas; se las vestía con lujo y se las preparaba para el sacrificio diciéndoles que cumplían con un deber sagrado; se las embriagaba con chicha y luego las estrangulaban o degollaban.

El templo de Coricancha tenía un fuego perpetuo donde se quemaban alimentos, maderas aromáticas y plantas en honor de los dioses, sobretodo cestas con hojas de coca, muy apreciadas por la población por sus propiedades místicas y porque su ingesta era exclusiva del inca y de su familia. Inmensas cantidades de telas eran también consumidas por el fuego sagrado, además de miniaturas en madera ataviadas con finas telas de vicuña. Se enterraban figurillas de oro y de plata en los santuarios, y se ofrecían a los dioses conchas llamadas mullu. Las libaciones de los templos se hacían con chicha rociada con los dedos o derramada en tazas frente a los ídolos. El mismo inca llenaba con chicha una piedra hueca recubierta de oro.

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Basado en:
Los Incas
Alfred Métraux
Atahuallpa
Benjamín Carrión

1.- Antes de los Incas
2. Los emperadores Incas

3. El campesinado inca

4. Casta y organización de los Incas

5. La Religión Inca

6. Los Incas después de la conquista

7. Renacimiento y decadencia de los Incas

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