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La Historia resumida del Budismo

BudaEl Budismo es un sistema filosófico religioso que evolucionó durante un extenso período de tiempo en oriente, primero en India y luego en China, Japón, Tíbet, Ceilán, Sumatra, entre otros países del lejano oriente. Pero no solamente evolucionaron sus instituciones,  también evolucionó su doctrina: los órganos fundamentales de su sistema se fueron especializando, se generaron numerosas escuelas, cada una de ellas tomando por bandera alguno de los principales postulados originados en su mayoría en el Buda mismo, el primer Buda, Gautama.

La palabra Buda es sánscrita; proviene de la raíz Budh que significa tanto despertar como saber o iluminación; el Buda es entonces el despierto, el sabio y el iluminado. No detallaremos aquí la historia de Buda, sino que trataremos de sintetizar el desarrollo de la extensa doctrina budista con sus variantes más importantes.

El Budismo, como pocas religiones, ofrece una meta más o menos bien definida para el hombre, ofrece una entrada que conduce hacia la meta, pero no habla del camino; el conocimiento del camino hacia la meta es de exclusiva propiedad de los caminantes, por una razón muy simple: la descripción del camino puede perturbar la entrada en él, la “entrada a la corriente” como los mismos budistas la denominan. La meta del Budismo es el Nirvana, la perfección, la eterna salud, la eterna alegría, la realidad última, el mundo suprasensorial, la unión del individuo y el universo. Pero la particularidad del Budismo, o su diferencia con otras religiones, es que, al menos en un principio, afirmaba que el hombre podía alcanzar en vida un eterno estado divino; muchas otras religiones prometen u ofrecen un paraíso a los que se portan bien, según sus códigos de conducta y definición del bien, al cual accederían sólo después de muertos, en la otra vida. O en otras palabras, el Budismo afirmó desde siempre la posibilidad evolutiva del hombre, en el sentido espiritual y psíquico, y también, más tarde, de las mujeres. El Budismo predicaba, y todavía insiste, que el hombre puede llegar a convertirse en un ser divino. Pocas religiones son tan generosas con el hombre; las más imponen un código moral y fomentan nada más que la adoración; el Budismo susurra un “crece”, mientras que las más, un horrible “obedece”.

El Budismo no es ateo, ni es tampoco completamente una filosofía. Aunque muchas de sus escuelas pueden ser consideradas como ateas, sencillamente porque no hay exigencia de adoración u obediencia a un Dios o a un Santo o a un único hombre divino, son completamente teístas, e incluso monoteístas, cuando se trata de luchar por alcanzar a Dios o al Nirvana. Hubo, cierto, una escuela, la del Budismo de la Fe, que usó y todavía usa la adoración a los Budas y Bodhisattvas como eje de su doctrina, pero como medio de alcanzar la fe que conduce a la entrada. Tampoco el Budismo puede ser clasificado como un sistema filosófico, simplemente porque no enseña nada que no sea útil para la salvación del hombre; todo lo que sobresalga del ámbito de la salvación debe ser omitido, porque puede perturbar la búsqueda de la entrada o del Nirvana. Es pues, una religión con componentes filosóficos y psicológicos de un extraordinario pragmatismo, y quizás también, de una poderosa eficacia y de una honestidad sin límites para con su esencia. El Budismo como institución fue siempre consecuente con su doctrina: predicaba el pacifismo, la tolerancia, la amistad, la no violencia, y jamás llegó a imponer su doctrina ni a convertir a la fuerza a los infieles; la doctrina misma afirmaba que el Budismo no podía ser alcanzado por todos, lo que no impedía que Budas y monjes hicieran esfuerzos por ampliar las oportunidades de acceso a los caminos budistas. No luchó contra el paganismo hindú, politeísta, ni quiso eliminarlo, muy por el contrario, tomó varios elementos de él para incorporarlo a su doctrina. El resultado es la calidez y el pacifismo de los hombres del lejano oriente, que en épocas prebúdicas se inclinaban fuertemente a los sacrificios y las crueldades. Todas estas características hacen del Budismo la religión e institución más antigua que aún hoy, con todas las útiles, bellas, pero mundanas atracciones que ofrecen nuestros tiempos, se mantiene vigente.

El Budismo comparte con el cristianismo un mismo comienzo: el rechazo de un mundo plagado de sufrimientos, de tentaciones o de pecados, una retirada del mundo, un paso al lado del mundo. Ambas religiones dan los mismos primeros pasos; en sus orígenes se generan importantes movimientos eremitas y ascéticos, los buscadores de espíritu abandonan el mundo y se retiran en la soledad de los bosques, o caminan largos trayectos con el único sustento de la mendicidad. Poco tiempo después, también en ambas religiones, algunos iluminados, despiertos o santos empiezan a predicar; se forman escuelas y se construyen pequeños monasterios, los eremitas se agrupan, se reciben discípulos. Y luego se escriben las doctrinas. Es en esta etapa donde aparecen las grandes diferencias entre el cristianismo y el budismo, diferencias de estructura, de jerarquía, de doctrina y de accionar. El budismo se ramifica rápidamente generando escuelas contestatarias, protestantes, mientras que el cristianismo permanece tenazmente unido bajo la institución católica. El budismo tolera las nuevas ideas, con tal que se estimule la búsqueda de espíritu; el catolicismo reprime todo intento de independencia escindida de su institución. Ambas seducen a reyes, ambas son acogidas. Los rasgos generales de su evolución nos hacen pensar en un mismo origen, pero si miramos con detalle sus escrituras hallaremos grandes diferencias.

Para empezar, el budismo no se sustenta en un solo libro: ofrece decenas de obras consideradas sagradas y sin ninguna que haya sobresalido en demasía; lo mismo ocurre con los hombres santos, el primer santo, Gautama, es considerado uno entre muchos santos, sin ninguna predilección ni favoritismo; algunas obras están dedicadas exclusivamente a la disciplina, otras a los ejercicios de meditación y concentración, otras más a la esquematización psicológica, a las palabras pronunciadas por Buda, al trance, al vacío, a las prácticas mágicas, a la moral, a la épica, a la cosmogonía... hay tal riqueza de obras budistas que “pecan de exceso”, transformando a su doctrina en un laberinto; pero sin embargo ofrecen tal variedad de conceptos que si comparamos las escrituras cristianas con las budistas, veríamos a un niño junto a un maestro.

Pero las muchas obras budistas, y también las distintas escuelas, tienen un orden cronológico que sugieren un camino de mil quinientos años, un camino por etapas como un gran río que recibe varios afluentes y que se va ensanchando, haciendo quizás más difícil cruzar a la otra orilla. La ortodoxia doctrinaria precedió a la liberalización y relajación de las costumbres que fundaron el budismo; la ortodoxia budista, el río todavía flaco, el arroyo casi, el álveo, es llamado hoy en día Hinayana, palabra sánscrita que quiere decir vehículo menor; los afluentes junto al río ensanchado fueron agrupados bajo el nombre de Mahayana, vehículo mayor, si se quiere, el budismo protestante. Es frecuente encontrarlos ambos, Hinayana y Mahayana bajo los títulos de Antigua Escuela de Sabiduría, y Nueva Escuela de Sabiduría, respectivamente.

El Hinayana es pues el conjunto de escuelas y de escritos que permanecieron fieles a la palabra de Buda, y más que fieles, celosos de la palabra y de la doctrina originaria: no aceptaban ni modificaciones a la doctrina ni modificaciones en las costumbres, pero sin embargo toleraban la presencia de escuelas protestantes, o incluso, de monjes protestantes al interior de sus monasterios, no la combatían más que verbalmente, y no destruían libros ni quemaban herejes. El Hinayana se ocupó entonces en escribir fielmente todo el sistema filosófico, psicológico y religioso inaugurado por el Buda Gautama, quien por alguna razón, nunca quiso escribir su sabiduría, quizás porque pensaba que la escritura debilitaba la memoria de los hombres. Buda, al igual que Cristo y que numerosos hombres-leyenda de la antigüedad, transmitía su sabiduría oralmente, y sus discípulos las aprendían de memoria.

El origen del camino Budista, como dijimos, es el rechazo del mundo, y como veremos, su final es prácticamente su opuesto: la perfecta unión del individuo y el universo. Lo impactante es que el rechazo del mundo incluía también a quien lo rechazaba, al individuo. Propone entonces una negación absoluta, un No a todo el “exterior”, pero también un No a todo lo “interior”. El No era sostenido por varias razones más o menos argumentadas, muchas de ellas propuestas por el Buda Gautama, quien además comprendió que dichas razones eran las verdaderas llaves que abrían la robusta y aparentemente impenetrable selva que rodeaba al No. Gautama Buda afirmaba que el mundo era sufrimiento; explicó sus causas, la manera de eliminarlas, y los pasos que hay que dar para tener éxito en la extinción del sufrimiento, todo ello de manera sintética en sus famosas Cuatro Nobles Verdades.

Las escrituras posteriores pusieron mucho énfasis en fundamentar el absoluto Pesimismo propuesto; se planteó que todo en la vida está condicionado; pero el hombre no debe aceptar condiciones, ni prórrogas, ni largos plazos que exijan sufrimientos, pues si los acepta él mismo se vuelve condicionado; el hombre que rechaza todo lo que sea condicionado se acerca hacia lo incondicionado, es decir, hacia el absoluto, que siempre es, sean cuales sean las condiciones; lo incondicionado es independiente, se condiciona a si mismo, es eterno si es que se lo propone. El Hinayana señala otras razones principales para rechazar el mundo: la “impermanencia, el sufrimiento, y el no-ser”. La impermanencia de la alegría, de las posesiones, de la vida misma: el hombre que busca superarse no puede ni quiere soportar la impermanencia de la felicidad, de la conciencia, de la vida o de la alegría; el hombre que quiere superarse busca la eternidad, por eso rechaza el mundo, no solamente por su aparente fealdad (que en realidad es su propia fealdad)  sino también por su carácter impermanente. El hombre que busca la eternidad rechaza también el sufrimiento que exige el mundo para vivir en él, no estando dispuesto a sufrir para obtener cosas y sentimientos impermanentes; si ha de sufrir, ha de ser por conquistar la eternidad del Nirvana, eternidad muy manifiesta en los principios del budismo por los ejemplos vivos de los primeros iluminados. El sufrimiento, lo que hay que pagar por vivir en un mundo impermanente y condicionado, radica en el no-ser, en el sacrificio personal que pasivamente lleva una carga y siempre deja a la búsqueda del propio ser en el futuro, que siempre posterga su ser con el pretexto de necesidades materiales “imprescindibles” para la “felicidad” de su ser.

El Hinayana comprendió a la perfección la dificultad de asumir el rechazo del mundo: siempre habrán alegrías, pequeños logros, comodidades logradas tras los sufrimientos; por eso se esforzó en hacer comprender, pero no a todos sino sólo a quienes se acercaran, lo ínfimo de esas alegrías, comodidades y logros, lo perecederas que son esas cosas. Escuelas posteriores, más liberales, más seductoras también, no escatimarían recursos para empequeñecer esas “grandes cosas” mundanas: usarían magia, mostrarían un poco de la grandeza de los Budas, y enseñarían que son las pequeñas ideas y sensaciones, sutiles, escurridizas, las verdaderas grandes cosas de la vida.

El rechazo del mundo, la negatividad, se llevaba a la práctica mediante tres votos principales: la pobreza, la castidad y la inofensividad. La pobreza exigía de quien buscaba el conocimiento abandonarlo todo, no trabajar, no tener familia, ni siquiera tener una casa; debía callejear o caminar por los bosques pidiendo limosna o recogiendo frutos, ese sería su único sustento; debía someterse al frío, al hambre, a la suciedad, a las ofensas, al cansancio, a los malos pensamientos, a los deseos, debía combatirlos hasta eliminarlos, pero sin armas, sin atacarlos, sino simplemente negándolos: retirándose, controlándose, haciéndolos desaparecer con el puro esfuerzo de la mente o mediante la caridad, que siempre debía ser bienvenida. En un principio no había maestro alguno ni gurú ni monasterio: se entusiasmaba al nuevo eremita a que él solo buscase los caminos de sabiduría, dándole eso sí, algunas directrices; los iluminados, los despiertos, los sabios, no enseñaban, nada más se proponían “aumentar el disgusto por la existencia” en sus seguidores, o inculcarles ciertas disciplinas de control físico y mental; el cuerpo y la mente debían domesticarse, el resto, la sabiduría, venía por añadidura mediante un trabajo personal.

La castidad era un doble rechazo: se hacía desaparecer del mundo del eremita tanto a la mujer y la posibilidad de familia como a las pulsiones sexuales. El iniciado no debía tener ni familia, ni mujer, ni amigos; la negación del mundo debía ser absoluta. Si el mundo tenía ya, junto al sufrimiento, varias alegrías, logros y comodidades, más tendría aún con una mujer al lado. Más difícil se haría para los maestros hacer comprender al los iniciados la necesidad de olvidar el mundo si ellos habían probado ya las delicias que ofrece una mujer. Veremos algunas líneas más adelante cómo, tardíamente, el voto de castidad mutó completamente con la escuela Tantra, que predicaba la experimentación de los placeres mundanos para rechazarlos con más fuerza, o también para utilizarlos en su búsqueda del Nirvana.

El tercer voto podría parecer secundario en dificultad comparado con los dos primeros, pero es de seguro tan importante como ellos, o quizás más importante; el budismo es una religión que predica el amor y la paz desde sus inicios, fomenta el respeto por todo ser vivo, aunque sea un insecto pegado en la pared; todos los seres tienen el mismo derecho a existir. La inofensividad también debe ser absoluta, no se debe atacar a ningún ser; esto debe haber sido todo un cambio de mentalidad en épocas donde se hacían numerosos sacrificios animales entre los hindúes. Este tercer voto está colocado al final intencionadamente, pues hay una escala de intensidad de control que comienza desde el cuerpo, pasa por los deseos y el pensamiento, y culmina en los actos.

El rechazo del mundo debía ir acompañado de la propia negación, del rechazo del individuo y del pensamiento, nada afuera y nada adentro. La prédica de la negación absoluta iba acompañada de argumentos, pero también de métodos. Parece ser que estaban conscientes de que el rechazo del mundo “interior” era todavía más difícil que la negación de todo lo “exterior”, que la negación de lo pequeño requiere de aún más voluntad que la negación de lo grande. Todo el mundo puede aislarse un tiempo, sobretodo si es un tiempo corto, pero ¿puede todo el mundo detener el pensamiento?, ¿puede todo el mundo concebir el vacío? El Budismo afirma que es posible, pero con ejercicio, del mismo modo que no se puede hacer música con una guitarra cuando es primera vez que se la toma; pero con seguridad es muy posible que tras varias semanas de ejercicio cotidiano logre el novato sacarle melodías. Había pues una teoría y un método práctico para negar y posteriormente controlar el “interior”, o lo pequeñito, como prefiero llamar al mundo de los pensamientos.

El Budismo ofrece el tratado psicológico más antiguo conocido hoy en día, el Abhidarma; es un texto frío, muy técnico, que estaba dirigido sólo a quienes estaban iniciados en el pensamiento budista. En él no solamente se particularizaban los componentes del pensamiento humano sino que también se detallaban un sinnúmero de factores que condicionaban la existencia. Los principales elementos que conformaban el acontecer psicológico eran denominados como Skandhas, y eran cinco: el cuerpo, los sentimientos, las percepciones-anhelos, los impulsos y la consciencia, entendida como el “darse cuenta de”. Se decía que los cinco Skandhas citados conformaban el yo, y que por lo tanto, una vez identificados, era más fácil combatirlos, o mejor, educarlos. Para el Hinayana no había Ser sino simplemente un conjunto de Dharmas momentáneos, muchas veces inconexos, que no podían ser considerados como un ente continuo, o un alma. La existencia psicológica era entonces considerada como fragmentaria e inconexa, compuesta principalmente de Skandhas, por lo general supuestos como dañinos y perturbadores, orígenes del sufrimiento humano. Junto a la conceptualización de los elementos de la psique aparecía también la noción de vacío, de la nada, tremendamente importante para la doctrina budista de los primeros tiempos.

Conceptualizada la psique y la nada, la Antigua Escuela de Sabiduría generaba poco a poco, aunque al principio con gran intensidad, hombres sabios llamados “Arhat”, que eran propuestos como el ideal de perfección humana, el modelo a seguir. Junto al Nirvana eran una y la misma meta, el hombre despierto, luminoso, sabio. En este aspecto, el budismo asimiló prodigiosamente el paganismo hindú a su doctrina; durante mucho tiempo en la India se había creído en los planos de existencia y en la reencarnación: la muerte no era más que una etapa de la vida, y cada hombre renacido aparecía cada vez en un plano de existencia; se creía pues en distintas clases de seres, algo nada raro en una sociedad compuesta desde muy antaño por castas: existían dioses, asuras, hombres, fantasmas, animales e infiernos. El Budismo tomó estos elementos y afirmó desde un principio que el hombre podía no sólo convertirse en un asura o un dios en la próxima vida sino que también podía mejorar o empeorar su clase en su vida actual. Se postulaba la posibilidad evolutiva del ser humano, más precisamente, del individuo. Se instaba a quienes se acercaban a los monasterios o a los sabios, que los hombres podían llegar a evolucionar hasta transformarse en Arhats. Quienes eran acogidos, tomados como discípulos, se sometían a ciertos métodos hoy conocidos de trabajo espiritual.

Las palabras, para los budistas, eran vanas; no había educación por medio de palabras sino por medio de ejercicios, al menos en el camino de la fe; cualquier frase, teoría o palabra, siempre y en todos los casos, podía ser demostrada como falsa, como verdadera o como ambas; por eso el budismo no usaba una educación dialéctica con los iniciados sino una totalmente empírica; llegaban incluso a despreciar las palabras. La doctrina y todas sus frases debían servir sobretodo de estímulo para los novatos, pero no como enseñanza; el detalle de la doctrina servía solamente para los buscadores de espíritu ya experimentados.

Junto a las reglas de conducta agrupadas en los Vinaya, existían también métodos de disciplina y espiritualización. La disciplina, primer peldaño de los métodos, no solamente se aplicaba al cuerpo sino también a los órganos sensoriales; se debían vigilar los actos, las pulsiones, los anhelos así como también lo que entraba y salía del cuerpo espiritual (mente); había que vigilar las puertas y las ventanas del alma, de manera a hacerla permanecer incorruptible. Estos primeros ejercicios de disciplina física y metafísica tenían como base la meditación o el cultivo de la calma y de la quietud, según la postura básica representada en tantas estatuas de Buda, que en realidad hicieron aparición más o menos paralelamente al cisma del que emergió el Mahayana, cuando el budismo experimentó una propagación hacia el pueblo lego y también hacia otras culturas; con los ejercicios de meditación, en un sorprendente paralelo, se lograba paulatinamente la perfecta quietud tanto del cuerpo físico como del metafísico. Esto es absolutamente imprescindible para seguir el camino de Buda: se trata del control y del cultivo de la voluntad sobre los pensamientos y el cuerpo, de las divinas calma y prudencia que caracterizan a los hombres sabios. Y sin embargo no representa más que el primer peldaño, aunque imprescindible.

Luego, y junto a los ejercicios de meditación, venían los ejercicios de concentración, agrupados alrededor del nombre de método Dhyana. Consiste en ocho etapas de concentración progresiva, y aunque parecen haber algunas variantes para cada una de ellas, transmitimos aquí la esencia, pero recordando que las etapas del método se realizaban en paralelo con las prácticas de respiración y quietud; la primera etapa consiste en dirigir toda la atención hacia un sólo objeto, un mandala por ejemplo, o un libro de Dharmas; la segunda etapa es la trascendencia del objeto, que no implica la superación del objeto todavía sino quizás cierta armonía entre el objeto y el lector; esta armonía debe desembocar en la fe, en una tercera y delicada etapa donde el novato no debe dejarse fanatizar por el objeto sino tomar de él y de su concentración nada más que la fe; los esfuerzos de concentración, que son un ejercicio, los primeros indicios de trascendencia, y la fe adquirida, que siempre impulsa a perseverar en la búsqueda (esta es la verdadera finalidad de la fe), dan como resultado una receptividad “límpida, pura y tranquila”, estado fundamental que anuncia el despertar; la plena receptividad lograda supera finalmente el objeto; el monje empieza a entrar en trance, el objeto no ha sido más que un medio para lograr el vacío, la extinción del pensamiento, la entrega al cuerpo; es entonces cuando se toca el Nirvana, cuando se lo vive y se lo conoce, temporalmente; el trance ha traído al monje la conquista del vacío y de la calma, no todavía el Nirvana eterno, pero ha sentado las bases para andar el camino de la sabiduría, se ha logrado ya el camino de la Fe. Esos fueron los ocho pasos del método Dhyana, conducentes a conquistar la calma mental y los primeros rayos de luz, el despertar. Sin embargo el budismo más ortodoxo afirmaba que el conocimiento temporal del Nirvana no era más que el principio, que se debía buscar la “obliteración completa” del ser si es que se quería alcanzar el eterno Nirvana.

Los métodos de disciplina, de respiración, quietud y concentración son una preparación para la sabiduría, tendiendo no solamente a transformar la Esperanza en una Fe, sino que también a lograr algunas conquistas en los planos físico y mental. El camino de sabiduría se encargaría de terminar de preparar al alma para saber sobrellevar algo tan delicado y reactivo como el Nirvana. Para ello existen todavía algunos métodos, unos que estudiaban el trance y los poderes ocultos, y otros, los llamados cuatro Ilimitados, que preparaban a los iniciados en el control de la conducta, en una especie de educación moral que al mismo tiempo era una explicación de las leyes que rigen las vidas. Estos eran la Amistad ilimitada, que enseñaba a trascender todo egoísmo, a respetar a todo ser vivo, a ser amigos de todos y cada uno de los seres vivos, a no desear el mal a nadie; la Compasión Ilimitada, que sostenía el rebajarse, el igualar el nivel de los pobres y de los enfermos para ayudarlos, el practicar la misericordia; la Alegría simpática, que hacía comprender y descubrir lo alegre en lo funesto, lo bello en lo feo, lo verdadero en lo falso, que enseñaba a alegrarse de los logros ajenos como si fuesen los propios; y por último la Serenidad ilimitada, producto del aprendizaje de los primeros tres ilimitados, que practicando los anteriores aprendía a vivir sereno, prudente y eficaz como un sabio.

Algunas escuelas sostenían que la Sabiduría, entendida cómicamente como la facultad de no dejarse engañar, empezaba cuando se habían comprendido los poderes ocultos y los ilimitados, que recién entonces se podía empezar a estudiar eficazmente a la Naturaleza y la Humanidad. Hasta aquí llegaba la doctrina Hinayana, esto era lo básico; se ha seguido practicando por siglos en varios países.

Pero como dijimos, nacieron también otras escuelas que o bien profundizaron sobre temas específicos de la doctrina teórica y práctica, o bien simplemente negaron algunas de sus partes y las suplantaron por otras, aunque se puede afirmar que la estructura básica y más imprescindible del budismo no fue modificada. La profundización de los aspectos importantes del budismo fue en realidad una liberalización paulatina de las enseñanzas prácticas y teóricas, pero también y fundamentalmente, de la expansión del Budismo hacia las comunidades laicas o politeístas; el Budismo no fue ya solamente un asunto de monjes ni exclusivamente de hombres, pues entre los años 100 a.C. y 200 d.C. la doctrina empezó a difundirse también en el pueblo, se aceptó la posibilidad espiritual de las mujeres, la disciplina se volvió menos estricta. El Mahayana empezó por no aceptar el modelo de hombre ideal que proponía el Hinayana, el Arhat, pues consideraba que por una parte no había recorrido todavía todo el camino, y por otra lo encontraba demasiado frío, poco generoso y demasiado conservador. Por eso el Mahayana propuso un nuevo modelo de hombre ideal, o de superhombre, a penas inferior al de Buda, el Bodhisattva, que significa algo así como el Iluminador, o el Despertador, o el Hacedor de Sabios. Es un hombre que ha recorrido ya parte del camino pero que no ha alcanzado el Nirvana eterno, que lo demora expresamente, que quiere ayudar a los demás porque sólo así es como el hombre se ayuda a sí mismo, porque sólo ayudando es que puede alcanzar la perfección; el Bodhisattva ilumina a los demás pero aún no es él mismo un iluminado.

El Mahayana pone el acento en la compasión, igualada desde ese entonces con la sabiduría. Aparece entonces un cisma, totalmente pacífico, al interior del Budismo; una parte de los monjes se aleja del Hinayana, que postulaba que nadie podía ayudar a otro a alcanzar el Nirvana. Se introduce también, con el Bodhisattva, el ideal de Omnisciencia, que postulaban no adquirido aún por los Arhats, considerados incompletos en su aprendizaje; la Omnisciencia de todo y cada parte, por más insignificante que fuese. La Nueva Escuela de Sabiduría centraba también su atención sobre el vacío; colocaba mucho énfasis en él, llegando a afirmar que el vacío era la llave maestra, el “ábretesésamo” que unía el ser y el no-ser, afirmando además que todas las cosas estaban vacías; y si todas las cosas estaban vacías, ¿para qué desearlas?, más sabio era buscar el elixir para llenarlas; no solamente las cosas estaban vacías sino también los libros y las palabras, la noción de vacío refutaba así las decenas de libros que ya existían.

Una de las grandes escuelas que llegó a formarse después del cisma es la que han denominado como Budismo de la Fe, perteneciente también al grupo de escuelas consideradas Mahayana. Postulaban básicamente que el Bodhisattva era un maestro de Fe, mientras que el Buda era un maestro de Sabiduría; estaba muy relacionada con la compasión, los monjes se mostraban y hablaban con el pueblo, fomentaban la adoración de algunos templos y de los pocos personajes eminentes que ofrece el Budismo. La eterna felicidad da señales, estimula, muestra sus milagros y su magia porque quiere atraer a los legos hacia la sabiduría. Esto evidentemente tenía su lado menos amable, aunque no por ello poco útil, puesto que mucha gente no superaba la simple adoración. Esta apertura hacia el pueblo, acompañada por la adoración y por no pocas prácticas mágicas (que siempre formaron parte del budismo) fue considerada necesaria para seducir a muchos hombres para que se unieran al Budismo. Fueron ellos también quienes introdujeron el concepto de mérito, especie de antagonista del karma (culpa y deuda), que estaba muy en desacuerdo con las ideas tradicionales; según éstas ultimas, era muchas veces el karma lo que impedía a los hombres alcanzar el Nirvana; el Budismo de la Fe proponía que las buenas acciones, el acumular mérito, podía apurar el asunto o al menos acercar a los hombres hacia los Budas o el Nirvana.

Otra escuela importante fue la Yogacarina, mucho menos popular, que concentró su atención en el trance y la nueva visión que a partir de él se generaba; criticaban a las otras escuelas por su descuido del trance por inclinarse desequilibradamente hacia la sabiduría. Los Dharmas, decían ellos, conducían hacia la introspección, mientras que el trance conducía a la calma. Tenían una postura cambiada con respecto al absoluto: consideraban que es puro pensamiento, y no vacío como afirmaba la tradición; la realidad no estaba compuesta por Dharmas, sino por pensamientos; confrontaban entonces el viejo desprecio por el pensamiento, sin oponerse por ello a la pureza y la meditación; simplemente, el pensamiento se escondía detrás del vacío, el vacío no era la realidad última. Esta es, evidentemente, una noción más elaborada de las prácticas budistas y que estaba dirigida a los iniciados; el Hinayana sin embargo, conservaba sus rasgos puros, dedicados a los que se inician; el resto, decían ellos, no es necesario ni enseñarlo ni escribirlo, pues todo iniciado lo sabe. La realidad era pensamiento, el hombre mismo era pensamiento, se daban los primeros pasos hacia el concepto de comunión, donde hombre y realidad son una misma cosa: pensamiento.

Los Yogacarinos también introdujeron la noción de una consciencia de almacenamiento, algo así como un alma o un ser supraconsciente, en total contraposición con la doctrina tradicional que negaba la existencia de una personalidad o de un ser, pues todo era fragmentario según ellos, todo se componía exclusivamente de Dharmas. Con dicho nuevo concepto de supraconsciencia se justificaban plenamente la validez de los textos posteriores al Buda, algo que el Hinayana nunca había aceptado; se justificaba al atribuirle al Buda tres cuerpos distintos, cada uno con sus características: el de goce, el de Dharma y el de aparición, afirmando de paso la inmortalidad del Ser de Buda, y explicando que el ser supraconsciente de Buda había escrito los textos posteriores.

Así mismo, la escuela yogacarina, fecunda en aportaciones, elaboró una clasificación de la existencia; cualquier objeto tenía algo así como dimensiones; la primera de ellas era la apariencia, luego lo que denominan dependencia, su relación con otros objetos, y finalmente su talidad, su trascendencia e inmanencia con respecto a la intuición del Yogui. Clasificación que dicho sea de paso, está relacionada con los tres cuerpos de Buda. Los nuevos aportes y las profundizaciones surgieron del estudio del trance, por medio de meditaciones y ejercicios especiales de tensión y respiración (práctica Yoga); pero se desviaron fuertemente de la ortodoxia tradicional que siempre afirmó que las palabras y las explicaciones servían muy poco, y que el Budismo no justificaba la enseñanza de doctrinas o prácticas que no condujeran al hombre hacia su sanación definitiva.

La última escuela budista que se desarrolló en la India fue la escuela tántrica, con postulados que también contradecían a la tradición ortodoxa; de partida, rechazaba la pobreza y el celibato, y por otra parte, fue un verdadero punto de inflexión para con el trato femenino, en la misma medida que el Budismo de la Fe para con el trato con el pueblo. Con este repentino feminismo por parte de algunas escuelas tántricas, aparece una divinidad femenina, Tara, divinidad salvadora que elimina el miedo y el temor al tiempo que ayuda a cruzar hasta el otro lado. Se trata del Tantra de la mano izquierda, que incitaba a sus seguidores a desnudar el Ego para poder identificarlo con la divinidad; predicaban la total libertad conductual, postulando que el conocimiento y la exposición a los vicios era el único medio para acceder a un conocimiento moral pleno y a una abstención con más fuerza. Y por otra parte, afirmaba que la salvación y la sabiduría no podían llegar por medio de algún libro sino por medio de un gurú espiritual, algo así como un maestro. Se volvía a privilegiar entonces a la oralidad. Afirmaba, y en esto concordaban con la escuela Yogacara, que todos tenemos un Buda, algo así como un alma, pero a diferencia de los yoguis, lo describían bajo tres formas distintas: cuerpo, habla y mente. Preparaban entonces a los iniciados en dichos tres aspectos de Buda, mediante danzas rituales, comprendidas como un lenguaje del cuerpo, como un cantar del cuerpo para acercarse a las divinidades, mediante los Mantras, que acompañados de hierbas alejaban a los hombres de los males a los cuales podía exponerse, y que eran sencillamente frases encantadas, habladas o pensadas, frases cortas o nombres preestablecidos, y mediante la meditación tántrica que entrenaba y preparaba a la mente. La meditación tántrica también se realizaba por etapas, mediante un método muy parecido al de los ocho Dhyanas; la primera etapa era el ejercicio de la vacuidad para eliminar los skandhas, mediante ejercicios de respiración, quietud o tensión; la segunda era una meditación sobre sílabas germen, que según ellos podían invocar a nuestro Buda o incluso lo contenían; la tercera etapa, y mediante el ejercicio sobre las sílabas germen, era la representación externa de la divinidad, la percepción de aquella como un espectro, o una voz o una conceptualización; la cuarta etapa y final, era la trasformación misma en la divinidad, el iniciado se transformaba en la divinidad adorada, hasta comprender que “la adoración, el que adora y el adorado no están separados”. Esto de manera muy resumida; el acento puesto por el Tantra estuvo ubicado en el cuerpo, le dieron mucha más importancia y le dedicaron más tiempo de estudio que cualquiera de las otras escuelas, no solamente con respecto al placer del cuerpo sino también a los centros de energía, denominados por ellos como Chakras, formando una línea energética a través de la columna vertebral. Con esto se daba un nuevo paso en la conceptualización del Buda desde la afirmación de Omnisciencia, donde el Buda dirigía el Universo, hasta llegar a establecer que simplemente el Buda es el Universo.

El Budismo doctrinario evolucionaba de esta manera, desde el principio de que la realidad y el Nirvana son cosas opuestas, pasando por la afirmación de que Realidad y Nirvana son lo mismo y llegando a decir que Realidad, Nirvana y Buda son uno y lo mismo. Más o menos en el tiempo en que se llegaban a estas ideas, la India era invadida por los musulmanes; el Budismo fue entonces desalojado completamente del territorio que lo vio nacer y crecer; primero por los musulmanes, luego por los hinduístas que recuperaron el mando. Pero durante el desarrollo de las escuelas citadas, el Budismo se extendió por Asia, más o menos durante la mitad del primer milenio. En China, Japón, Ceilán, Tíbet, Sumatra, se formaron escuelas Hinayana y Mahayana, a partir de maestros de origen Indio que decidieron exportarla, o mediante discípulos que habían estado en India y que volvían a sus respectivos países; tanto el Mahayana como el Hinayana están vigentes hoy en día según los países, bajo otros nombres y otros desarrollos que sin embargo dejan entrever una base claramente budista. Nos referiremos en adelante a las nuevas escuelas formadas, pero sin olvidar que de todos modos existen o existieron algunas de las escuelas previamente mencionadas.

En el Tíbet el Budismo se fundió con las prácticas mágicas muy arraigadas en ese territorio, conociéndose como Rnyin-ma-pa, o budismo tibetano; lo más notorio es la creencia en las revelaciones progresivas, el desentierro de textos sagrados enterrados expresamente por sabios para que fueran descubiertos en el momento adecuado. Se mezclaron en el Tíbet las prácticas Hatha-Yoga con la adoración; creían en la salvación por medio del desvanecimiento del cuerpo material en el arcoiris. Se tomó muy en cuenta el trance, dando consejos para un buen cruce, y enfatizando que existía un gran Trance, el Bardo, especie de muerte y aventura entre la vida y el renacimiento.

En China y Japón el budismo tomó el nombre de Zen; rechazaba todas las escrituras y se burlaba de las palabras, pues eran defensores del empirismo: enseñaban por medio de actos, de paradojas y de adivinanzas, cuya primera misión era cansar, agotar el pensamiento de los discípulos. Así mismo rechazaban la relación del Mérito o del Karma con la salvación y el Nirvana, afirmando sencillamente que todos podían salvarse, sin importar lo bueno o malo que hubiesen hecho. Profesaban un enorme e irónico amor por las cosas sencillas y los detalles, afirmando sin más que de ellas provenían los rayos de la iluminación. Finalmente, el Amidismo, también desarrollado en China y Japón; es una prolongación del Budismo de la Fe, pero con adoraciones particulares, en especial con el culto a Amida. Rechazaban completamente el ritualismo, la moral, la filosofía y el ascetismo, pues proclamaban el Budismo sin dejar la vida mundana, o desde la vida mundana; sus sacerdotes en poco se diferenciaban del pueblo, se podían casar, tener relaciones sexuales, participar activamente en sociedad, todo esto con el objetivo fundamental para ellos de acercarse mejor al pueblo.

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